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Igual, esperaba un balazo. Muy dentro de mí, y por primera vez en la vida, quería que me dispararan. Quería ser el protagonista de una película y morir con dignidad, sin haber tenido tiempo de arrepentirme de mis luchas, sin haberme echado para atrás. Porque ese era uno de mis tantos temores, el mayor, quizás. Que pasaran los años y yo entendiera algo que en aquel entonces, en aquel momento, no entendía, y que me volviera como mis compañeros del colegio, como algunos amigos y como tantos y tantos personajes que se habían arrepentido de sus pasados militantes.
Estaba hastiado de escucharlos decir en todos lados que habían caído en la trampa de la inocencia y que por inocentes habían creído y luchado por una utopía. Lo decían los intelectuales, los abogados, los políticos, miles de artistas y la gente de a pie. Lo decían y lo repetían cada vez que podían, en todos los medios y por todos los medios, que obviamente reproducían hasta la saciedad sus declaraciones. Sus derrotas, sus arrepentimientos, eran las victorias de los dueños del mundo, de los dueños del país y de los dueños de los periódicos, la televisión y la radio, por supuesto. La voz de los arrepentidos era la voz que tenían que multiplicar.
Jamás hablaban de las razones por las que se habían echado para atrás. Culpaban a la revolución, claro, y acudían a la manida historia de los desastres de la Unión Soviética, de los horrores de los países de Europa oriental, de las necesidades de la gente en Cuba, del final del Che, de los balseros. Hablaban de los otros, siempre de los otros, y de lo que había ocurrido con los otros, pero no hablaban de ellos y, mucho menos, de ideología. El tema del por qué y del para qué habían luchado pasaba a ser sólo un asunto de inocencia; jamás, de ideología. Su deserción también había sido cuestión de inocencia, pero desde la otra cara de la moneda; es decir, de madurez.
Sin embargo, en uno y en el otro caso, las razones pasaban por ellos. “Maduré”, decían. No obstante, callaban el porqué. Y el porqué en la mayoría de ellos era un porqué de dinero, de un cargo, de premios, de poder. Los compraron con altos puestos y premios, y los callaron, y no tuvieron otra alternativa que salir a hablar de lo que ocurría, como si lo que ocurría tuviera que ver con la ideología, y no, no era así, mil veces no era así. La ideología era lo que había llevado al pueblo, porque era el pueblo, a rebelarse y a cambiar el estado de cosas. Como decía Lenin, para que estuvieran arriba los que siempre habían estado abajo, y abajo, los que habían estado arriba.
Pero fueron los hombres, los humanos, demasiado humanos, quienes torcieron el rumbo de las cosas. Quienes se marearon con el poder, por el poder, y se afianzaron a él, y para no perderlo, tergiversaron la historia, la gran historia. Mataron, robaron, violaron, encerraron, y los etcéteras que todos sabemos, pero no por la ideología, sino por ellos mismos y por el poder. Por haber sido humanos, abominablemente humanos. Humanos con lo peor de los humanos, con lo más bajo, execrable, ruin y vomitable, lo criminal, lo vendido y traicionero de los humanos.