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BASTANTE SE HA ESCRITO Y DICHO acerca de las elecciones del 20 de junio, de modo que no hay mucho para agregar.
Los pronósticos van y vienen, las cábalas se iluminan y los diferentes analistas hacen esfuerzos notables para que sus visiones sean acertadas y así puedan decir posteriormente: “Yo se lo dije”.
Yo prefiero otro curso de acción, y querría someter a consideración de los lectores unas alternativas postelectorales. Supongamos, por ejemplo, que Juan Manuel Santos confía seriamente en el apoyo cuantitativo que le depara su propuesta de unión nacional, y que siente que los votos de los caciques le van a garantizar una victoria arrolladora. Sin embargo, si esos congresistas que se unieron al carro triunfador se parecen en algo al candidato, probablemente no votarán, o al menos no movilizarán a sus electores. Las razones son muy sencillas: en primer lugar, quedaron cansados de la campaña que los llevó al Congreso y ahora sólo piensan en las dietas futuras, de modo que probablemente no se moverán mucho. Máxime si, en segundo lugar, consideran que el haberse manifestado a favor del candidato es suficiente para cobrar después. Es un excelente negocio: conseguir empleos y prebendas sin tener que hacer muchos esfuerzos. Nadie, ni el mismo Santos, podrá demostrar que no trabajaron por el arrollador triunfo.
Pero hay otra cara del asunto: si Santos es reconocido por la variabilidad de sus concepciones políticas, no debería sorprender que una vez en el solio de Bolívar decidiera hacer lo que ha prometido en la campaña, es decir, erradicar la corrupción y la politiquería, tal como lo hizo su mentor en la campaña de 2001. Si ese mentor no cumplió, más razones tendrá Santos para cumplir: así irá delineando las diferencias y desagradecimientos con quien tanto lo impulsó.
En este caso, la suerte de quienes a última hora se dieron golpes de pecho y optaron por apoyar al virtual ganador, se verá en serio peligro. No se trata de que sea un gran sacrificio abandonar un partido para colincharse en otro. No, eso no genera remordimientos de conciencia. Pero hacerlo y no obtener el premio que sienten que merece su traición sí puede amargarles la vida. Piénsese, por ejemplo, en lo que tendrán que hacer para lanzarse a la oposición, o al menos para regresar a sus partidos originales. ¿De qué color se les pondrán las caras?
Eso, por el lado de Santos. Por el de Antanas quedan varios gigantescos interrogantes: ¿Qué hará después si resulta derrotado? ¿Se dedicará a hacer oposición? ¿Abandonará las causas por las que se ha jugado en las dos campañas? ¿Qué tan sólida es la actual alianza con los otros alcaldes?
Es de esperar que Mockus sea consecuente y acepte que su discurso comprometió un proceso que entusiasmó a miles de ciudadanos y que la confianza que depositaron en él le genera un compromiso que no puede eludir: sus propuestas innovadoras tendrán algún efecto, y por respeto con sus seguidores le tocará asumir el papel de vigilante, de conciencia ciudadana. Tendrá que dedicarse de lleno a organizar una especie de gabinete en la sombra para seguir paso a paso el desarrollo del gobierno del ganador.
Y si de verdad quiere diferenciarse de Santos, tendrá que cumplir.