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El sábado 6 de octubre en el Parque de los Niños situado en la carrera 27 entre calles 30 y 32 de Bucaramanga, la capital del departamento de Santander, se reunieron familiares de Álvaro Lobo Pacheco, Gerson Rodríguez, Israel Pundor, Ángel Barrera, Antonio Flórez Contreras, Carlos Arturo Riatiga, Víctor Ayala, Alirio Chaparro, Huber Pérez, Álvaro Camargo, Rubén Pineda, Gilberto Ortiz, Reinaldo Corzo Vargas, Hernán Jáuregui, Juan Bautista, Alberto Gómez, Luis Sauza, Juan Alberto Montero Fuentes y José Ferney Fernández Díaz. Al pie del Monumento a los 19 desaparecidos fueron llegando y los siete seres –entre hombres y mujeres– oriundos de Venezuela que acampaban al pie de la escultura se alejaron con pudor y respeto. Tal vez con la noción de que siempre hay alguien que está peor, como dice Esopo.
Y es que es el nuestro un país que acude al arte –en este caso a la escultura– para no olvidar y tratar de que sus víctimas amainen la impotencia de no tener una tumba para llorar, para hablar, sentir que el esposo, el hijo, el primo, el hermano no se halla disperso en la nada. Esto en el mejor de los contextos. Porque la generalidad es que es la fosa común el espacio que de manera degradada reemplazó a la tumba donde se acostumbra a encontrar un cauce al dolor de la infamia.
Por ello el Monumento a los 19 desaparecidos cada 6 de octubre es la única respuesta que el Estado colombiano ha brindado a Nancy Stella Lobo, a Oswaldo Ortiz Sarmiento y Evangelina Ortiz Sarmiento; a Ana Murillo, Juan de Dios Chaparro, Rita Ariza y todos los Chaparro Murillo; Elba Marlén Meléndez, Elizabeth Abril, Luz Elena, Fernando y Myriam Barragán, Johan Harley y Nancy Camargo Abril; Wilmar y Jimmy Rodríguez Quintero; Nahúm, Marina y Lubin Lobo Pacheco; Sonia, Lorena, Sydney y Mariela Jáuregui; Luis Omar, Martha Yolima, Yudany, Ofelia Alfonso Sauza; Jorge Corzo Virviesca
Elvinia Vargas Herrera, Clara Inés, Mireya, Jorge, Álvaro, Fanny, María Elena Corzo Vargas; Rosaura Arias Ortega, Rafael Rústica Arias, Arturo Riatiga Arias, Mariela y Pablo Riatiga; Hilda Fuentes, Luz Marina Pinzón, Digna y Jaqueline Montero Pinzón; Nubia Pineda, Jorge y Salomón Flores Contreras; Patricia, Myriam y Cecilia Mantilla, Juan Manuel y Katherine Ayala Montero y Carmen Barrera.
Es pertinente recordar a las nuevas ciudadanías y también a las que hoy defienden la guerra con ardor que de acuerdo a la sentencia del 5 de julio de 2004 de la CIDH, organismo autónomo de la OEA con sede en San José de Costa Rica: “El 6 de octubre de 1987 en la noche o el 7 de octubre de 1987 miembros de un grupo paramilitar que operaba en el municipio de Puerto Boyacá dieron muerte a los 19 comerciantes, descuartizaron sus cuerpos y los lanzaron a las aguas del caño El Ermitaño, afluente del río Magdalena, frente al sitio Palo de Mango”. Señala además El Espectador que fueron detenidos y asesinados por miembros de un grupo paramilitar en zona rural de Cimitarra (Santander), región del llamado Magdalena Medio colombiano, en la época infestada de escuadrones de la muerte, con el fin de robarles la mercancía.
Napoleón dijo que “en las tragedias de nuestro tiempo, la política ha sustituido el destino de las tragedias antiguas”. Un ejemplo clásico es el del mito de Antígona, hija del rey Edipo, en la versión trágica de Sófocles. Sus hermanos, Eteocles y Polinice, murieron en la guerra civil que desencadenaron en su lucha de sucesión del trono. Su tío Creonte asciende al poder y ordena la sepultura con honores para el primero, y prohíbe enterrar el cuerpo de Polinice para que sea devorado por las aves de rapiña. En la religión griega los cuerpos insepultos son quizás el peor de los insultos. Así estamos en Colombia, país que se precia de profesar una religión de amor al prójimo, pero que impide cerrar las heridas e insulta a los dolientes con la muerte de sus muertos más allá de la muerte.