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El techo donde cayó Pablo

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Mi casa, de paredes amarillas y adornada con una cornisa azul, era de dos pisos; yo, su techo, era rojo, el más bajo del vecindario. Me construyeron a dos aguas y en el centro, por la parte más ancha, me recorría una espina dorsal de madera, donde se sujetaban todas mis trescientas cuarenta y seis tejas. Eran de barro cocido, estilo criollo y encajaban curvas una sobre la otra; cumplían su labor. Yo cobijaba la casa, era sencillo y útil. Ahora soy la escena de un crimen.

Antes de las tres de la tarde sentí un gran silencio, pero era la hora de ir al estadio y siempre había mucho alboroto. Unos minutos después hubo disparos. Mientras tanto en mi costado derecho, justo por donde las torcazas tuvieron un nido, sentí el peso de dos manos grandes que se impulsaban con fuerza para subir. Un hombre salía por la ventana de la casa de al lado y, como un roedor perseguido por gatos, se estiró para alcanzar mi cumbrera. Puso primero una rodilla, luego, la otra, y caminó en cuatro. Se movía como un ratón grande, torpe, pesado. Mis tejas crujían soltando polvo y esquirlas, yo solo las oía por dentro; afuera el ruido de las aspas de un helicóptero espantaba a todos los pájaros. Él se puso de pie, amable conmigo, no llevaba zapatos. Se agazapó escondiéndose en la pared alta de la casa vecina. —¡Acá está!— oí. Se juntaron muchos sonidos con un disparo. Él, aturdido, se dio la vuelta, me rompió tres tejas y les respondió con tiros y madrazos. Necesitaba que se fuera, era inepto para ser una rata. El helicóptero con su viento empujaba lejos al cielo todas mis extremidades, como si fuera pólvora estallando en el aire. El barbudo trató de huir y otro disparo lo hizo caer. Mis tejas se hicieron polvo bajo su peso, volaron cientos de escamas de barro seco, se esparcieron como huesos calcinados y tristes. El hombre gemía, sonaron más disparos y su sangre, con sabor de clavos oxidados, empezó a meterse por entre mi madera. Toda la casa espantada se estremeció conmigo: estaba muerto y se me habían quebrado otras ciento diez tejas, pensamos que ya había pasado lo peor.

Unas personas de verde llegaron desde otros techos o usando unas escaleras. Venían a socorrerme, aunque luego me di cuenta de que todos usaban botas. Uno miró al muerto y gritó: “¡Es Pablo!”. Aplaudieron: ¡cayó el capo! El helicóptero se fue, las sirenas se apagaron y solo se oían las celebraciones. No contentos con dejarme arruinado, hicieron fotos, mientras las tomaban me destruyeron otras noventa y cuatro tejas.

Fue cuando pasó lo peor.

Unos hombres en batas blancas trajeron unas bolsas transparentes: empezaron a empacar mis tejas. Una por una. Me robaron cuarenta y cinco, nunca las volví a ver. Miren las fotos, verán como yo soy la escena de un crimen. Los ladrones son los de las batas blancas, en algunas fotos hasta se les ve robándome.

Claudia Victoria Lezama

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