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ES SABIDO QUE EN POLÍTICA GANA quien ejerce el mayor liderazgo, porque el líder no sólo identifica e interpreta las principales preocupaciones de la sociedad en el momento, sino que señala el camino de las soluciones. Por eso la esencia del liderazgo no es el carisma sino la visión.
Pero la visión es el componente teórico, y el direccionamiento de una sociedad es un ejercicio político. Por eso el mensaje es inseparable del mensajero. Dependiendo del líder, la visión cobra vida, se hace realizable, o no es creíble y no pega. El verdadero líder no es el oportunista que manipula la pasión o el miedo propiciatorios de un pueblo, sino quien encarna, en su persona y en su pasado, en su ideología y en sus promesas, y en su estilo, una visión que moviliza a las mayorías.
Para encarnar una visión ambiciosa, de cambio, o de guerra, o de preservación, hay una condición indispensable. Evidente, pero que a veces parece el secreto mejor guardado del mundo. Una condición sin la cual las propuestas de un candidato no son creíbles. Una condición que tiene mucho de forma, pero que a la vez es difícil de aparentar, porque también tiene de fondo. Una condición que no se expresa, sino que se deduce. Que es la esencia de la política, y el nombre del juego electoral colombiano desde la llegada de Álvaro Uribe, y que va a definir las próximas elecciones presidenciales: la firmeza.
Que aunque alimenta el caudillismo y el populismo y hasta la fiereza del totalitarismo, también es la impronta de los visionarios, de los libertadores, de quienes creen sinceramente en unos ideales y hacen de su vida política un proyecto para avanzarlos. Una condición que se presta para reducir las complejidades de la sociedad a caricaturas y gestos, pero sin la cual los ciudadanos no tienen manera de tomar la decisión política más importante: creer o no en un político. Que puede ser histriónica como la de Uribe, o tranquila como la de Mitterrand, o brutal como la de Bush, pero de la que carecen los débiles y los simuladores. Y que en la tabla de valores colombianos se ha elevado a requisito de la seguridad, de la dignidad, de la capacidad, de la honestidad, de la altura moral y, sobre todo, de la confiabilidad.
La nueva pasión de los colombianos por la firmeza produjo uno de los fenómenos políticos más maravillosos y desconcertantes de la historia reciente: la ola verde, basada exclusivamente en la percepción de firmeza de Antanas Mockus contra la corrupción y contra las Farc, combinación que ningún otro político colombiano había encarnado. Por eso es una paradoja que la percepción de falta de firmeza de Antanas Mockus sea la verdadera razón de su veloz retroceso. Una mayoría de colombianos considera hoy que Mockus carece de la firmeza que requiere gobernar un país como Colombia. Y esa consideración es legítima en una sociedad cuyo motor político es el miedo.
Mockus perdió el control de su imagen pública y aún no logra recuperarlo. Sólo podrá hacerlo con firmeza. Con actos firmes, no palabras, porque los votantes casi no oyen a los candidatos, interpretan sus actos. Firmeza frente a los ataques de Santos, frente a la hegemonía uribista, frente a la intervención de Chávez, frente al complot clientelista. Firmeza tranquila, firmeza constructiva, firmeza decente, pero firmeza.