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Por Andrés Correa
En respuesta al editorial del 3 de octubre de 2018, titulado “De reinas y prejuicios”.
La opinión de la señorita Colombia y la reacción que tuvo el público ante ella son una muestra de dos cosas por lado y lado: falta de educación sexual. Primero, ella no reconoce la idea de género y sexo, y no establece ninguna diferencia, y segundo, la gente considera que está en un error por expresar algo que ya es catalogado como un discurso de odio.
Hay que establecer la diferencia entre lo privado y lo público, lo personal y lo profesional, y el comentario de Valeria Morales obedece a una opinión personal que repercute directamente en lo profesional, porque se trata de un concurso que pondrá a prueba sus habilidades y la juzgará en todos los ámbitos. ¿Por qué se fijan tanto en ella, considerando que Samara Saghair, señorita Magdalena, también dijo algo similar? El comentario obedece más a una situación de desventaja que a discriminación misma, ya que cómo puede ser juzgada la belleza de alguien que es más construida y trabajada, como es el caso Ángela Ponce.
Es lamentable ver cómo la situación tan solo obedece a cuotas políticas del concurso en este caso relativo al género, que tan solo socavan la competencia por ser políticamente correctos. Del mismo modo que en los premios Óscar 2016 hubo más ganadores de películas con personas negras, por el comentario de Donald Trump sobre el racismo en el concurso; algo que los hizo palidecer y sospechosamente ese año fue la diferencia.
Nadie invisibiliza la lucha ni la condición trans, pero la reacción de la gente convierte el debate en una habitación acolchonada donde nadie sale lastimado y también nadie sabe quién tiene la razón. Porque los mueve a todos en una zona gris que impide el progreso en el conocimiento y que hace imposible dar la opinión. En otras palabras, la gente es más feliz cuando las reinas literalmente dan respuestas de reina y no expresan su pensamiento realmente.
Este debate se extiende hasta el feminismo para preguntarse: ¿por quiénes luchan realmente? Al menos, desde la tercera ola del feminismo, con Simone de Beauvoir, ha calado el mensaje de “no se nace mujer, se llega a serlo”, que convierte la lucha por la mujer en algo abstracto. Por eso se ven casos como el de Caitlyn Jenner, quien ganó como Mujer del Año en el 2015, una persona trans. Y esto hay que resaltarlo, porque el tema de identidad de género se acepta o se censura de forma extrema cuando se habla de él. O se acepta que es posible que una mujer pueda serlo sin nacer o se considera que tan solo es un hombre disfrazado. El debate siempre es tan dicotómico, que impide verlo de forma mediada, como lo es el mismo proceso de las personas trans. ¿Se debe aceptar en todos los ámbitos a alguien trans, según la identidad de género que adquiere? Esto implica, por ejemplo, darles tratamiento para controles de natalidad, ubicarlas en prisiones femeninas o considerarlas en competencias de fuerza física con sus compañeras. Preguntas sin respuesta.
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