Reducción al absurdo

Juan David Ochoa
06 de octubre de 2018 – 03:05 a. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

 La moral, esa vigilante subjetiva y caprichosa de la la tradición, ha vuelto de nuevo a castigar entre las grietas cada vez más abiertas de una constitución progresista: una resma presuntuosa de modernidad que ha estado siempre alumbrada por todas las velas y los elogios sin que ninguna de sus cláusulas se cumpla entre las condiciones prácticas del tiempo.  La moral sigue resonando sobre las leyes y los decretos, y aunque la complejidad requiera siempre ajustes racionales de las normas entre las condiciones sociales y las coyunturas, es la misma prevención y el mismo prejuicio los que siguen juzgando, y todo lo que debería ser una expansión del reconocimiento de la diversidad, de las causas de un fenómeno y sus consecuencias también multiplicadas en otros fenómenos sociales y otras razones y otras realidades y otros matices y otros mundos, se reduce a  la mínima expresión de un problema irresuelto y al absurdo que terminará explicándolo todo desde el dogma para no tocar las fibras sensibles del lenguaje que evidencien la extrema fragilidad en la que todo está siempre sustentado.

Ese reconocimiento de la fragilidad humana sería el fracaso de una moral que pretende sostener el mundo, su pequeño mundo de tradiciones y costumbres intocables, entre el vendaval del tiempo y sus ideas liberadas desde esa herética ilustración que se atrevió a desafiar la única verdad que había sobrevivido casta y pura desde los tiempos de Constantino. Si el imperio de la ley moralizante cae, si ese canon del deber ser y del decoro católico y romano se destruye, habría que reconocer que hay otras posibilidades y otros vientos más allá de los linderos que la mente intentó defender con la superstición y el miedo. Pero la culpa, católica y romana, está siempre allí para vigilar la más pequeña de las revoluciones de un espíritu, y la vergüenza y el pudor están allí para controlar las pulsiones de todo escepticismo y todo atrevimiento.

La reducción al absurdo ha sido justamente el truco perfecto de los sátrapas que conocen la complejidad y las múltiples versiones humanas, pero saben que la idea del mundo debe reducirse a su versión más básica y simple para regular las conductas, para evitar que otras voces perturben las ideas impuestas y heredadas. La tradición debe permanecer sin muchas explicaciones, sin esa peligrosa demostración de los matices y las derivaciones de los problemas y las palabras, que son lo mismo. Esa negativa ha sido el método perfecto para el mantenimiento de la ley y el orden sin mayores esfuerzos.

Por eso ahora resulta más fácil reducir el drama monumental del narcotráfico a un culpable visible y desarmado: el consumidor. Exhibirlo y reprenderlo en público permitirá que las cifras contabilicen el éxito de una persecución que fracasó contra las grandes estructuras, contra sus capos, sus redes de distribución y sus ejércitos que aprendieron siempre a escurrirse en la ilegalidad y la sombra. Todo el problema político, sociológico, antropológico y psicológico del narcotráfico ha sido reducido a la culpa del cliente, y ese estigma público será la única victoria de un gobierno que se niega a aceptar el rotundo desastre de la terquedad. Ha preferido escoger la ruta más disparatada para justificar su persistencia, aunque el costo real sea el enriquecimiento acelerado de los proveedores  que nunca nadie pudo controlar, y que ahora pueden continuar sin mayores escándalos, lejos de los reflectores y de la fuerza pública que siempre fracasó a sus pies.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido