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“Teníamos salud, sonrisa, juventud, y nada en los bolsillos”, como en La bohemia de Aznavour, teníamos un afiche del Che Guevara en la pared del cuarto y hablábamos de Mayo del 68 como el comienzo de una nueva vida. Teníamos una libertad que habíamos ido ganando a fuerza de pelear y de discutir y de escaparnos de la casa, y solíamos cantar “De una sola manera se pronuncia tu nombre, libertad”. Teníamos un maletín con dos pantalones bota de campana, tres camisetas, una caja de casetes y una grabadora para irnos en el primer bus que pasara. Cantábamos con Charles Aznavour La bohemia, y soñábamos, como él, “la gloria conseguir”, queríamos vivir en una buhardilla de París, como en la canción, y ahí pintar, o escribir o hacer teatro, o simplemente ver cómo pasaba la vida.
Teníamos miles de preguntas y ninguna respuesta, pero respondíamos con frases de canciones porque las canciones tenían todas las respuestas. Cantábamos a las tres de la mañana Venecia sin ti o Isabel, y al día siguiente o a la semana siguiente nos enamorábamos de la primera Isabel que conocíamos, aunque ella jamás lo supiera. Le cantábamos Venecia sin ti, convencidos de que algún día iríamos a Venecia con ella, y luego nos sentábamos a conversar en una tienda de barrio, ante una mesa repleta de cervezas fiadas, sobre la importancia de las pequeñas coincidencias en la vida y en el amor, y concluíamos que pese a tanta teoría y tanto mandamiento, el amor y la vida estaban signados por el azar, y seguíamos bebiendo para que el azar, que podía ser otra canción, decidiera por nosotros.
Teníamos una edición de El extranjero, de Camus, y una de El lobo estepario, de Hermann Hesse, que nos turnábamos cada cuatro días, y cada cuatro días queríamos ser o Meursault o Harry Haller. Teníamos una pelota de fútbol desinflada que llevábamos a todos lados en busca de una bomba y un miple para inflarla. Teníamos una libreta llena de nombres y números de teléfonos falsos, por si acaso nos agarraban los militares, y llegamos a tener, también, un par de pasaportes falsos para irnos en un barco de carga lejos, muy lejos de acá. Teníamos el pelo largo y las muñecas tapizadas de manillas, que era la mejor manera de decir que no comulgábamos los domingos en la misa, que no teníamos por qué confesarnos de nada, y que en último caso, si lo que querían era detener a alguien, porque eso era lo que querían, nosotros éramos los perfectos sospechosos de siempre.