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Todo un manjar el archivo íntimo de la correspondencia entre Gabriel García Márquez y Guillermo Cano, que generosamente doña Ana María Busquets ha puesto a disposición del público.
Aun cuando siempre se supo del mutuo afecto y admiración que se profesaban, tener a la mano este testimonio de una gran amistad es todo un privilegio. Destaco la admiración, el cariño y el respeto con que G.G.M. se dirigía a don Guillermo y el constatar que para García Márquez El Espectador y sus colegas, más que un patrón y unos compañeros de trabajo, eran su casa y su familia en las décadas de los años 50 y 60, principalmente.
Aunque los textos que acompañan las cartas son amenos e ilustrativos, sí tienen algunas imprecisiones que hubiera sido fácil evitar. Por ejemplo, encargando de tan importante tarea al gran Óscar Alarcón, magdalenense de nacimiento, emparentado con Gabo y —lo más importante— gran conocedor de su vida y su obra.
El primero y más notorio tropezón es decir que “el novelista se hizo famoso con la publicación de Cien años de soledad”. Al salto a la fama de Gabo casi que le pudiéramos poner fecha y hora. Fue al amanecer del 10 de septiembre de 1947 cuando llegó a las calles El Espectador con la columna de Eduardo Zalamea Borda (Ulises) anunciando la publicación del segundo cuento de G.G.M. en ese diario, “Eva está dentro de su gato” (el primero, semanas antes, había sido “La tercera resignación”), con las palabras: “Habrán advertido la aparición de un ingenio nuevo, original, de vigorosa personalidad… Con Gabriel García Márquez nace un nuevo y notable escritor. No dudo de su talento, de su originalidad, de su deseo de trabajar”. A partir de ese momento la fama de García Márquez no hizo sino crecer exponencialmente. Las publicaciones y reconocimientos apenas empezaban. En 1954 era ficha clave de la redacción de El Espectador, en 1955 fue primer premio de la Asociación de Escritores y Artistas. En 1955, con la publicación de La hojarasca, el crítico literario de la revista Cromos, Darío Mesa, escribió: “Me sorprendió —dice—. Lo podía comparar con la literatura norteamericana”. Y lo reflejó en su reseña del 27 de junio de 1955, días antes de que Gabo partiera para Europa, enviado por El Espectador: “García Márquez es quizás un novelista técnicamente mejor equipado que cualquier otro en Colombia; y es también uno de los talentos literarios, tal vez el talento literario mejor constituido de la joven generación colombiana […] Tenemos ya un novelista nuevo, tal vez el que hace años esperábamos todos, quizás el que verdaderamente puede lograr una fusión y una unidad dinámica de lo interno y de lo externo, de lo individual y de lo colectivo en la vida de este tiempo colombiano. Se presiente a veces nuestra novela moderna, la novela de la nación moderna. ¿La escribirá García Márquez?”.
En 1961 recibió el Premio Esso de Novela por La mala hora y ya había publicado tres novelas y cientos de artículos periodísticos en diferentes diarios de Colombia y Venezuela, incluyendo la más importante revista literaria que haya aparecido en colombia, Mito.
A don Guillermo Cano le escribe desde México: “Ahora las pachangas son con María Félix y toda la mafia. ¡Qué horror!”. Y sigue el artículo del señor Padilla: “En esos días se codeó con el escritor Juan Rulfo e hizo otros amigos cinéfilos… como el español Luis Buñuel”. N. F. Padilla en su artículo del 30 de agosto nos cuenta que apenas publicada en Argentina Cien años de soledad ya hay opciones de traducción en Nueva York, París, Milán, Berlín, las dos Alemanias, Austria y Suiza. ¿Alguna duda de que en 1967 G.G.M. ya era ultrafamoso?
En el artículo del 2 de octubre: “No seré otro escritor de corbata”, encontraron dos gazapos. Las siglas MRL del movimiento disidente liderado por el doctor Alfonso López Michelsen son las iniciales del Movimiento de Recuperación Liberal y no Revolucionario Liberal como dice el articulista. Esta parece ser una de esas mentiras que de tanto repetirlas se vuelven verdad.
Por último, en el mismo artículo se dice: “Un desconocido, bajo el seudónimo de Ayatolá, acusó a García Márquez de tener nexos con el M-19”. Ayatolá era uno de los seudónimos más conocidos de la prensa nacional, fue el que utilizó Rafael Santos Calderón para algunos de sus escritos. Dicho sea de paso, después del merecido jalón de orejas de su padre, Rafael publicó una nota recogiendo sus palabras.
En la entrega del 4 de octubre, otro gazapo: “Ya había ganado el concurso en 1962 con La mala hora”. El Premio Esso de Novela se lo ganó en 1961.
Las anteriores impresiones remontan mi memoria a un artículo que también escribió Nelson F. Padilla a la muerte de Carmen Balcells, la mamá grande, en el que afirma: “Cuando García Márquez murió fue ella quien respondió en Ciudad de México las llamadas de autores, reyes y jefes de Estado de todo el mundo”. No, no y no. Doña Carmen no estuvo en el funeral. No lo hubiera soportado. El único amigo que viajó, por cuenta propia, avisado por el hijo mayor de Gabo, Rodrigo, a nombre de la familia, quienes queriéndole dar a su padre y esposo el mejor de los adioses buscaron la compañía de su amigo de toda la vida, Guillermo Angulo, la única persona (fuera de su esposa, sus hijos y los empleados del servicio) que tuvo el privilegio de ver a su amigo ya muerto y darle el último abrazo .
Un periódico popular de México tituló así la muerte de nuestro gran escritor: ¡Qué puta tristeza!
Enrique Uribe Botero. Bogotá.
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