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EN UNA CAMPAÑA PRESIDENCIAL tan corta y manipulada es difícil que las realidades sobresalgan por encima de las percepciones. Por eso las paradojas tienden a ser más elocuentes que las evidencias.
Germán Vargas, visto inicialmente como manzanillo de ultraderecha, sale de la campaña convertido en estadista con gran dominio de los temas, con propuestas audaces y progresistas. Y si Juan Manuel Santos no llegara a la presidencia, Vargas, quien fuera perseguido por Álvaro Uribe para evitar a toda costa que representara al uribismo, terminaría de líder de ese sector político.
Gustavo Petro, quizás el candidato presidencial de izquierda democrática que más esfuerzos ha hecho por llevar esa corriente política hacia el centro, ha sido rechazado por los propios sectores que en el pasado le reclamaban al Polo Democrático una postura más moderna y más pragmática.
Rafael Pardo, descalificado como neoliberal por algunos de sus contendores en el Partido Liberal y por haber tenido nexos con el uribismo en el pasado, resultó presentando una plataforma política progresista y siendo el mayor crítico del gobierno de Álvaro Uribe.
Noemí Sanín, candidata del partido central para la gobernabilidad de Álvaro Uribe, y que parecía haber inyectado al conservatismo nuevos bríos, termina perseguida por el propio uribismo y con un Partido Conservador dividido en la base.
Antanas Mockus, quizás el político más confiable y predecible de todos por su verticalidad y por ser el único de los seis candidatos que ha gobernado realmente, no una, sino dos veces, ha terminado caricaturizado por los santistas como impredecible, y su eventual elección es presentada como un salto al vacío.
Pero la paradoja más grande es la de Juan Manuel Santos. Después de predicar la doctrina de La Tercera Vía durante cerca de siete años y de criticar los ideologismos, Santos termina siendo candidato presidencial del sector político más derechista y dogmático de la historia contemporánea colombiana y cediendo el centro político a Antanas Mockus, que podría derrotarlo en segunda vuelta “tercerizando”: buscando ideales de centro izquierda con métodos de centro derecha.
Una paradoja quizás mayor aún de la campaña de primera vuelta sea la de Álvaro Uribe, que aunque no es candidato presidencial actúa como si lo fuera. Cuando los escándalos de corrupción y de abuso de poder de su gobierno son mayores, y cuando más rechazo generan entre los ciudadanos, Uribe aumenta su favorabilidad en las encuestas para acercarse a los niveles más altos de su presidencia, endosándole el costo político de los escándalos a Juan Manuel Santos.
Y otra gran paradoja es que, en un mes, el sistema político colombiano pasó de lo que podría llamarse el oscurantismo, por los excesos clientelistas y de corrupción que se vieron en las elecciones parlamentarias, a soñar con la ilustración, por cuenta de la posibilidad de que un movimiento social verde derrote dramáticamente al establecimiento político.
Pero la principal paradoja de la campaña de primera vuelta es que el candidato que gane, aún si es por una diferencia importante, muy seguramente no será el próximo presidente, porque así como la dinámica de fragmentación de primera vuelta favorece a Santos, la de acumulación de segunda favorece a Mockus.