El vecindario

Gloria Arias Nieto
01 de octubre de 2018 – 03:02 p. m.

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Como si extrañáramos el horror de vivir y morir en función de la violencia armada, la situación de Venezuela reactivó en algunos el brutal apetito de la guerra.

Catastróficos los gobiernos de Chávez y Maduro, pero a mayor desastre en el vecindario, mayor nuestra obligación de pensar y obrar con solidaridad y cordura. Sería muy absurdo hundirnos en las trampas de la hostilidad, enfermedad contagiosa, casi siempre cobarde y muchas veces mortal, que solo se cura con ejercicios para la razón y el corazón. A todo Duque, todo honor: celebro que el presiente no haya caído en las torpes provocaciones bilaterales.

¡Qué derrota si Mambrú tuviera que volver a la guerra y no a la escuela! Qué derrota cada billón adicional invertido en balas y fusiles, porque a pesar de lo que algunos sostienen en trinos desbordados de odio, no hay muerto bueno, no hay disparo acertado, ni cementerio feliz.

No quisiera pensar que tenemos un gen más fuerte que nosotros mismos, armado hasta los dientes en sus cadenas de espiral; un gen dedicado a recordarnos lo débil que es la vida y a impedir que la guerra —como concepto y realidad— algún día descanse en paz.

¿Qué podría aportarnos a uno u otro lado de la frontera, a los migrantes o al orden mundial, que nos matáramos los unos a los otros, en un necio y desgastante enfrentamiento?

Una vez más nos abrasa (no abraza) la realidad: armar guerras desde el escritorio o frente al obelisco podrá ser expresión de poder, pero no de valor; de mando, mas no de autoridad; de fuerza, no de fortaleza.

Si Venezuela y Colombia se enfrentaran a bala, ¿eso haría por arte de magia que la tormentosa dictadura le cediera el paso a la reconstrucción de la democracia? Claramente no. A lado y lado del puente solo quedaría la consternación de miles de colombianos y venezolanos rotos, pobres y desplazados.

Hay que ser muy Pachito o muy innombrable para no comprender que toda guerra es una derrota; el ejercicio de dos fracasos opuestos, que saben desde antes de empezar que ambos quedarán vencidos.

Conmigo no cuenten para esa guerra. Ni para esa, ni para ninguna otra que implique depender de un fusil para ganar un argumento.

Hace unos años —en épocas de bárbaras naciones— infinidad de colombianos cruzaron, de aquí para allá, puentes, llanuras y aeropuertos, con la ilusión de renacer en Venezuela; el vecino era el país de los negocios generadores de riqueza, petroleras que aparecían en las listas de las empresas más grandes del mundo, hoteles repletos de turistas, mercados y bancos dinámicos y pujantes. El vecino les dio trabajo a nuestros compatriotas cuando en nuestro país el narcotráfico, la guerra y el desempleo cerraban puertas y segaban vidas. Aquí vivíamos en estado permanente de alerta, de estallido y secuestro, y Venezuela nos dio la mano. Así es que ni por ansias de poder, ni por resucitar la Guerra Fría o porque mordamos el anzuelo de la amnesia selectiva, tenemos derecho a practicar ese infame y extendido deporte llamado ingratitud.

Posdata: ¿Se han fijado? Quienes afirman que darle pan o trabajo a un venezolano es quitárselo a un colombiano son generalmente quienes no le dan ni lo uno ni lo otro a ninguno de los dos. Egoísmo, como plato del día. Egoísmo, aperitivo del hambre.

ariasgloria@hotmail.com

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