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Jugando a ser Dios

Klaus Ziegler
26 de mayo de 2010 – 05:00 p. m.

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Quince años de trabajo y una inversión que supera los cuarenta millones de dólares hicieron posible el sueño del científico y multimillonario norteamericano Craig Venter de crear la primera célula con un genoma artificial.

Usando como guía una copia digitalizada del ADN de la bacteria Mycoplasma mycoides, el bioquímico y su equipo de investigadores lograron producir en el laboratorio un cromosoma sintético completo, fabricado a partir de las cuatro “letras” fundamentales que componen el alfabeto de la vida.

El gigantesco rompecabezas consta de más de 500 000 pares de bases nitrogenadas que Venter y sus colegas lograron ensamblar en lo que tal vez sea el paso más trascendental que jamás se haya dado hacia la creación de un organismo enteramente artificial. En 1995, el equipo de científicos comenzó a perfeccionar una técnica para ensamblar largas cadenas de ADN a partir de pequeñas piezas de material genético del tamaño de un virus. En los veinticinco años transcurridos desde entonces, la capacidad para sintetizar genomas completos se ha incrementado exponencialmente hasta hacer posible uno de los sueños más anhelados del hombre de ciencia: crear en el laboratorio un organismo vivo capaz de replicarse en forma continua.

Aunque Venter y su grupo lograron fabricar el genoma de un ser unicelular, la verdad es que todavía no han creado una bacteria sintética completa: la maquinaria genética diseñada por los científicos requiere el citoplasma de un anfitrión –la bacteria Mycoplasma capricolum–, sin el cual su código no podría expresarse. Además, está todavía por verse si este Frankenstein microscópico es capaz de producir por sí mismo las proteínas necesarias para la supervivencia.

Las implicaciones éticas y filosóficas de estas investigaciones son difíciles de estimar. Es razonable suponer que la construcción de un organismo completamente artificial sea cuestión de unos años. El dogma del “diseño inteligente” mantenido por teólogos y creacionistas, que niega la posibilidad del fenómeno vital sin la presencia de un Creador, tiene sus días contados.

Sin embargo, aunque eventualmente se logre fabricar una célula en el laboratorio, la cuestión de la génesis de la vida en el universo continuaría siendo un misterio. No podemos olvidar que la bacteria artificial de Venter es el resultado de una delicada concatenación de complejos procesos químicos diseñados por más de una veintena de reconocidos científicos, auxiliados por un sofisticado software. Cómo semejantes procesos pudieron haberse dado en las condiciones particulares de la Tierra primitiva, y sin la guía de un “diseñador inteligente”, es algo que tal vez nadie nunca logre explicar.

Algunos han sugerido que la vida podría ser el resultado de un suceso de probabilidad infinitesimal acaecido en algún remoto confín del universo. Según esta bella especulación, la semilla primigenia de la vida llegó en un pasado remoto a bordo de un meteorito providencial para florecer en este insignificante rincón de la Vía Láctea. La hipótesis de un origen extraterrestre, conocida como panspermia, sería plausible si tenemos en cuenta que en el universo probablemente existan millones de planetas capaces de albergar vida, lo que, en adición a millardos de años de incesante actividad química, harían posible la aparición de cualquier fenómeno por improbable que parezca.

El argumento, a pesar de sus méritos literarios, carece por completo de rigor. Para entender la falacia, pensemos en la probabilidad de sacar los seis números del Baloto. No es difícil ver que esta probabilidad es un poco menor que uno entre ocho millones. Según este razonamiento, un individuo que comprara un número suficientemente grande de billetes podría estar seguro de ganar el premio mayor por lo menos una vez en su vida. El problema es que para lograrlo, aun si comprara en promedio cien billetes por semana, tendría que jugar durante más de 1 530 años consecutivos, privilegio reservado a los inmortales.

De manera similar, podría ser que la infinitud de planetas similares al nuestro, sumado a la inmensidad del tiempo cósmico, sea un factor pequeño comparado con la improbabilidad de que la vida se dé en forma automática. No podemos olvidar que el ensamblaje espontáneo de los miles de aminoácidos que conforman una proteína compleja es tan improbable como que un chimpancé tecleando al azar escriba el Quijote.

Mientras que estos cálculos sean materia de especulación, y mientras que no se sepa con certeza si existió algún proceso de evolución química que permitió ir aumentando paulatinamente la complejidad molecular hasta llegar al ADN, cualquier estimativo que se haga no pasa de ser una elucubración vacía. Pues si se cambian las cifras, la probabilidad puede variar de cero a casi uno, y se llega a la conclusión de que la vida en el universo, lejos de ser un milagro, sería un fenómeno más común de lo que podríamos imaginar.

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