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Uno de los mejores jugadores en la historia del fútbol es un criminal condenado. Aun así, es irrisorio pensar que esa realidad manche su reputación o que los millones de fanáticos que tiene en todo el mundo le hagan el más mínimo reproche. En pocas palabras, no importa. ¿Por qué parece que hay ciertos delitos que, pese a ser muy graves, no causan escándalo a la sociedad? ¿Los “ídolos” tienen un pase gratis para este tipo de situaciones?
En particular, hablamos de Cristiano Ronaldo. El hoy futbolista de la Juventus de Turín cometió cuatro delitos fiscales entre el 2010 y el 2014, cuando era jugador del Real Madrid. Esta semana, Ronaldo se declaró culpable y aceptó una condena a 23 meses de prisión y a pagar una multa de 18,8 millones de euros, por haber eludido el pago de 5,7 millones de euros en impuestos que le debía a la Hacienda española.
Aunque no pagará tiempo en prisión, porque en España los delitos que tengan condenas inferiores a dos años y sean de primeros ofensores son excarcelables, el ídolo aceptó que violó la ley. ¿Qué, en la característica del delito, lo hace inmune a que también venga una sanción social? Y ni hablar de las acusaciones por violencia sexual que pesan sobre él desde hace años.
Curiosamente, Ronaldo no está solo. Lionel Messi fue condenado a 21 meses de cárcel por tres delitos fiscales, también en España. El astro eludió pagar diez millones de euros entre el 2007 y el 2009, por lo que, además, recibió multas de dos millones de euros.
Como ellos, son varios los deportistas que fueron pillados en ese país evadiendo impuestos. Los colombianos, por cierto, no se salvan. Radamel Falcao García tuvo que pagar nueve millones de euros por una condena a 16 meses de prisión. James Rodríguez, aunque no fue condenado por ningún delito, sí tiene una sanción encima por más de 11 millones de euros por haber eludido el pago de casi siete millones de euros. ¿Acaso su imagen se ha visto afectada aquí en el país por la situación? Por supuesto que no.
Vale la pena reflexionar sobre por qué este tipo de delitos no generan rechazo en la población.
En realidad, estos jugadores no solo estaban defraudando al Estado, sino a toda la población española. Los impuestos, dentro de la construcción del Estado moderno, son el compromiso que todos los ciudadanos de un determinado país adquieren para aportar a la construcción de los bienes compartidos básicos: la infraestructura, las instituciones, el ejército, los subsidios, y un largo etcétera. Por eso, si alguien deja de pagarlos está faltando a esa promesa, empeorando, además, la carga sobre el resto de los ciudadanos.
Es, en síntesis, una traición, una afrenta contra la sociedad. A semejanza de los demás delitos, los fraudes fiscales deben tener sanción social. ¿Qué tipo de ejemplo dejan estos jugadores, admirados e imitados, cuando hacen maromas para no cumplir sus responsabilidades? ¿No deberían, entonces, ser criticados? Y de parte de ellos, ¿dónde están sus actos de perdón?
Intuimos que en buena parte se debe a esa malhadada idea de que cuando se trata de un delito contra el Estado prima la noción del “vivo”, la celebración de saltarse las normas y de no dar dinero a un sistema conocido por su corrupción. Pero eso es, paradójicamente, condonar la corrupción y hasta celebrarla. Deberíamos ser más conscientes.
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