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Los senos, la lengua y la geometría

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EL BRASIER ES UN INVENTO RECIENte.

Lo inventó un señor francés en 1907 y lo popularizó una comerciante estadounidense poco después. La pregunta es: si los senos tienen millones de años, ¿por qué nos demoramos tanto en inventar el brasier? La respuesta es interesante: porque primero debieron ocurrir cuatro sucesos complejos en cuatro grandes naciones en un lapso de 2.100 años. El primer suceso fue el estudio de las curvas y los volúmenes cónicos por el geómetra griego Apolonio de Perga hacia el 200 a. C.. El segundo fue la invención de los tejidos elásticos, fibra indispensable en las tiras del brasier, una urdimbre que sólo fue posible gracias a los sofisticados telares de la revolución industrial. El tercer suceso fue el glamour francés, que reemplazó las vendas y los horribles amarradijos que se usaban antes por la coqueta lencería de los encajes galos; y el cuarto suceso fue el mercadeo americano, esa máquina de ventas capaz de uniformar al planeta en un dos por tres. Sin geometría griega, revolución industrial inglesa, glamour francés y mercadeo americano, el brasier habría sido imposible.

 La publicidad (alma y nervio de la máquina) ha hecho un buen trabajo gráfico y descubierto modelos de insomnio, como la brasilera Fernanda Mello, pero los copies aún no producen textos a la altura de semejante invento. Lo mejor que he oído en el ramo es: “Leonisa, el brasier que sostiene todas las miradas” (la línea es de Hernán Nicholls, el mismo que escribió: “Fósforos el Rey, los que nunca pierden la cabeza”, y que ideó para los bluyines Baboo un terso slogan: “La piel de tu piel”). Sorprende semejante esterilidad en un gremio que ha sido prolífico a la hora de componer himnos a los bancos, sonetos a las toallas higiénicas y madrigales a las esponjas de alambre.

  Los poetas no lo han hecho mejor; babean ante dos buenas mamas como cualquier bebé angurriento, y sólo aciertan a tartamudear las mismas dos feas palabras: turgente y henchido. “De miel henchido el seno” es un verso que hizo época y fue considerado durante mucho tiempo el top del tema. En realidad es muy pobre. Más parece el grito de un muchacho mecatero que el suspiro de un hombre apasionado. En el Cantar de los cantares, el mismísimo Espíritu compara los senos con las torres de una fortaleza, una hipérbole previsible en esos épicos tiempos pero no especialmente poética. En la Ilíada, Homero mejora un tanto la plana y los compara con la majestad de “las altas proas de las cóncavas naves”, pero hay que decir que estos símiles halagan más a las torres y a los barcos que a los senos.

 Esta falta de elocuencia de los poetas es incomprensible si consideramos la belleza de los senos, su fácil observación y nuestra crónica y mamaria debilidad. Que los poetas, animales mamíferos por excelencia, no hayan escrito nada memorable en tan vital asunto, es uno de esos misterios que la preceptiva literaria está en mora de resolver (¡tampoco han escrito nada bonito sobre el órgano central de su oficio, las orejas, por andar elogiando las manos, el cuello, la boca, los dientes, los ojos, las moñas y hasta la nariz, apéndice que poco o nada tiene que ver con la poesía!).

En un rapto heterosexual, Barba Jacob, “taladro” emérito del parnaso colombiano, estampó: “Tras de ceñir un talle y acariciar un seno/ la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer”. Por más vueltas que les doy, estos versos no cuadran. Así uno esté tan lúbrico, tan lúbrico, tan lúbrico como un sacerdote después de escuchar en confesión a un colegio de señoritas, es muy difícil estremecerse sobando un aguacate, digamos. Ahora, creer que cuando Barba acariciaba una fruta pensaba en mujeres es tan cándido como creer que Fernando Vallejo se antoja de salpicón cuando ve un muchacho.

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