

Todo empieza por algo tan elemental como querer cambiarle el color a una pared. Un impulso sin mayores pretensiones. No más que volver a pintar un espacio con la intención de hacerlo más llamativo para nosotros o para los demás. Si el quehacer es más profundo, muy íntimo, esa ventana que pintamos se podría llamar alma o, simplemente, esperanza, como prefiera, esa fue la razón para invitar a Kathy Sáenz a nuestra portada, a que le pusiera su cara radiante y plácida al tema de las segundas oportunidades en el amor. Pero si ese trabajo de subirle el tono al mundo que nos rodea, nos obliga a salir a la calle en desbandada con spray en la mano, decididos a enfrentar los duros callejones de nuestro vecindario, la película se llama Graffitour y se rueda en cualquier muro de la comuna 13, en Medellín, locación natural de nuestro reportaje gráfico. En cualquiera de los dos casos, iluminando lo oscuro desde dentro o desde fuera, la sola imagen de una mano de pintura haciendo más viva en azul, rojo o magenta, el fondo de nuestra existencia, resulta ser una hazaña cotidiana para nada exclusiva de algún club de héroes, sino por el contrario algo posible para gente común y corriente. Detrás de estas dos historias, sembramos la invitación, muy CROMOS, de retomar con pasión la misión de colorear nuestros días, con la magia con que habitamos una hoja de papel en la infancia.