Nos causan dolor, y les amamos por ello

Oscar Guardiola-Rivera
25 de septiembre de 2018 – 10:00 p. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

¿Qué dice de nosotros el que elijamos a depredadores sexuales, maltratadores y simpatizantes del uso y abuso de los cuerpos, en especial el de las mujeres, como nuestros dirigentes?

En su última entrega, el cineasta estadounidense Michael Moore sugiere no sólo que Donald Trump es un depredador sexual (ya lo sabíamos, el propio Trump nos lo contó cuando dijo aquello de “… grab a pussy”, y se enorgulleció de ello), sino además que el objeto de sus abusos habría sido su propia hija. Entre nosotros, el reconocido periodista del New Yorker John Lee Anderson nombró al titiritero en jefe de los fascistas y conservadores criollos como el violador de la periodista Claudia Morales. “Otro parecido con Trump”, afirmó.

No es la primera vez que alguien realiza comparaciones entre ambos en este y otros aspectos. La filósofa Linda Martin-Alcoff había señalado ya al post-Falangista criollo como la verdadera inspiración del supremacista blanco que hoy ocupa La Casa Blanca.

Para los efectos de esta columna me interesa menos quién tenga la razón acerca de estos alegatos, y más lo que ello dice de nosotros, quienes les hemos elegido y volveremos a hacerlo (dudo que los Demócratas retomen control del Congreso este 6 de noviembre, y temo, contra mi mejor juicio, que el inefable Presidente de los Estados Unidos volverá a serlo así como nuestro titiritero lo ha sido por interpuesta la tercera vez).

Ellos nos causan dolor, y nosotros les amamos por ello. La depredación sexual de las mujeres y otras formas de causar dolor pertenecen a un continuo en el que causar dolor a un cuerpo tiene como uso el mantener el status quo. Tal es el caso de la tortura, como aquella que ejerció sobre el cuerpo de Dilma Rousseff el coronel del ejército brasileño a quien el actual aspirante presidencial, y si el golpe sale bien próximo presidente de ese hermano pais, Jair Bolsonaro, dedicó su voto durante el infame impeachment.

Podrán repugnarnos los depredadores sexuales y los torturadores, pero dicho sentimiento es en si mismo ambiguo: si la depredación sexual y la tortura son tan ubicuas, quizás ello se deba a que el causar dolor a otros también nos puede causar placer a nosotros. El placer no es propiamente un sentimiento: implica que algo nos gusta, y a veces hasta lo aprobamos.

Pero la conexión entre el que algo nos guste y su aprobación está mediada por conceptos sociales y políticos. Más aún, dado que en nuestra época el objeto del causar dolor corporal no es tanto extraer información sino lograr la conversión o destrucción del otro, se trata de instruir a las victimas en la ilusión de que ellas mismas han sido las agentes de su propio dolor. ¿Estamos pues siendo entrenados para inhibir nuestra intencionalidad, y no permitirnos pensar de otra manera que la que sea útil a los fines del status quo?

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.

También le puede interesar: «Crisis liberal: defender las libertades o unirse a Iván Duque»

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido