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Qué querían, entonces: que el presidente Chávez se quedara callado con la afirmación provocadora de Juan Manuel Santos de que se sentía orgulloso del operativo contra Raúl Reyes, a sabiendas de que tocaba un tema muy sensible, que produjo conmoción en toda la subregión y obligó al presidente Uribe a pedir disculpas públicas.
Fue un enorme papayazo que estimuló, con todas las de la ley, la incontinencia verbal de don Hugo Rafael. Pero el candidato de la U, que no dijo con todas sus letras que incursionaría en Venezuela para cazar terroristas, sí aclaró que iría a cualquier parte donde ellos estuvieran. Desde entonces, el caudillo de la boina colorada no ha dejado de lanzar improperios contra el exministro de la Defensa y de amenazar con suspender del todo el comercio con Colombia, si gana el “pitiyanqui”. Por supuesto: nadie le saca de la cabeza al mandamás de Miraflores que, de ganar un preclaro hijo de la “oligarquía”, seguiría vigente la doctrina de la extraterritorialidad, con la que se justificaría cualquier acción en suelo ajeno contra miembros de la subversión.
Ahora se han inventado un cuento mejor: que sea quien fuere el nuevo mandatario de Colombia, será objeto de la bilis del comandante máximo de la revolución bolivariana. La teoría es que de nada sirvió la llegada de Obama a la Casa Blanca, porque el gran timonel tropical siguió atacando, de día y de noche, al nuevo gobierno demócrata de Washington y señalando al imperialismo como fuerza que conspira contra el avance “de los pueblos” en América Latina.
Según esta caracterización sibilina del régimen chavista, Chávez atacará siempre al presidente colombiano (sin importar su tendencia política) para desviar la atención de los serios problemas internos que afronta su país.
Esa percepción está teñida a fondo por antipatías y prejuicios ideológicos. No hay razón para pensar, desde una perspectiva menos sesgada, que no habría un cambio de actitud del hombre fuerte de Venezuela si el nuevo inquilino de la Casa de Nariño logra dejar atrás la idea de que cuando se trata de acciones militares contra la guerrilla, no hay soberanía que valga, al estilo del binomio Uribe-Santos.
No hay duda de que los uribistas de distintos matices (Sanín, Santos, Lleras) continúan con la idea de que, en aras de darle golpes certeros a la sedición, y de ganar votos posando de duros, no hay límites territoriales. Frente a esta doctrina, es apenas obvio que Chávez, Correa y compañía reaccionen con virulencia y señalen con el dedo acusador a Santos, por ejemplo.
Como estamos en temporada electoral, todos los candidatos cierran filas en contra de la llamada intervención de Chávez en nuestro proceso electoral. El hombre se ha vuelto el demonio, el Fidel Castro del siglo XXI, pero con verborrea hirsuta y ademanes de cuartel. Nada menos glamuroso que ser señalado de chavista. Es la peste.
Pero el tema no se agota ahí. Sería bueno preguntarles a los otros candidatos que no están montados en el tren uribista, cuándo van a plantear las bases de una nueva relación con los vecinos, de mutuo respeto y de rechazo absoluto a incursiones militares para liquidar guerrilleros; cuándo van a hablar a fondo del acuerdo militar de Colombia con Estados Unidos, otro gran punto de fricción en la región. Mientras no seamos contundentes en romper con la doctrina antiterrorista de la era Bush, que acogió de manera entusiasta y peligrosa Uribe, nuestras fronteras serán fuente de tensión permanente y tendremos a Chávez y sus camaradas metiéndose a nuestro rancho sin recato alguno.