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La mayoría de nosotros experimenta confusión, desilusión e incluso rabia cuando el ser que nos inspira parece perder el rumbo.
La madre que era la fuerza de la familia se derrumba frente a una enfermedad, el padre que era el gerente estrella pierde el empleo y no sabe qué hacer con su vida, el maestro que era ejemplo de serenidad pierde los estribos.
En tales circunstancias, no nos preguntamos si el origen de la confusión habla más de nuestra inmadurez o de nuestras expectativas irreales, que de la verdadera calidad humana de esos mentores. Y es que estamos acostumbrados a creer que nuestras figuras de autoridad deben ser perfectas, que nada puede afectarlas.
¿Será que podemos seguir denigrando de seres humanos valiosos sólo porque no responden a nuestra infantil aspiración de que sean perfectos?
Sucede que la percepción y, por lo tanto, la manera de evaluar la realidad se van formando desde la dependencia de los primeros años hasta la autonomía de la madurez.
Así, por ejemplo, durante nuestra niñez sentimos tranquilidad al imaginar a los padres omnisapientes y todopoderosos. Más tarde, en la adolescencia, la desilusión que nos produce reconocer que tienen falencias nos lleva a reaccionar críticamente y sin fórmula de juicio los acusamos de ser héroes con pies de barro, de que no son lo que deberían ser.
Es sencillo, aunque hayamos crecido continuamos teniendo expectativas infantiles acerca de lo que ellos deben ser. Por extraño que parezca, las personas adultas, en los contextos sociales, también funcionan como niños que esperan que sus jefes o sus líderes sean todopoderosos y al encontrarles errores se les critica sin aportar, como si todo estuviera en manos del líder.
Sólo al dejar atrás la caprichosa ilusión de encontrarlos perfectos podremos valorar el papel que nuestra capacidad de acompañar, entender y colaborar tiene en la recuperación de las personas que nos han inspirado. Podemos aportar para que el maestro que perdió la serenidad aprenda de su error o para que la madre que pasó por una época de confusión se recupere.
La historia que nos cuenta Benjamin Zander, el famoso director de la filarmónica de Boston, nos ilustra mejor este punto. Él relata que se dio cuenta de que a pesar de que era el personaje que aparecía en todas las carátulas de los discos, el que recibía el reconocimiento del público, en realidad no tocaba una sola nota de las que la gente oía, quienes tocaban eran sus músicos. Él era un gran director gracias a que sus músicos sabían cómo tocar sus instrumentos, cuando él los inspiraba y cuando tenía momentos de duda.
Nadie necesita ser omnisapiente para ser un padre, una madre de familia o un gran líder, se requiere inspirar y que los otros con humildad, disciplina y valor aporten lo que les corresponde.