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Desde la frontera borrosa del desconocimiento de principios esenciales de la Unión Europea, avanza una interpretación pesimista del futuro que puede encontrar simpatizantes aun en los países hasta ahora más comprometidos con la integración.
Viktor Orbán, el primer ministro húngaro, se ha convertido en baluarte y vocero de quienes no aceptan el relativo consenso europeo respecto de la inmigración. Sin medias tintas ha apelado al argumento histórico de la pertenencia milenaria de Hungría a los países cristianos del mundo occidental, y se ha opuesto de manera radical a cualquier “mezcla de razas”. Al mismo tiempo ha descalificado, por “irresponsables”, a los políticos europeos que “ofrecen a los inmigrantes la esperanza de una vida mejor en Europa, y les animan a dejarlo todo para ir a buscarla, aun con su vida en riesgo”, y ha advertido que “si Europa no retorna al camino de la razón, se irá abajo”.
En un discurso desafiante, ante el Parlamento Europeo, Orbán respondió con vehemencia a las consideraciones que llevarían un día más tarde a esa corporación a aprobar, por mayoría contundente, la eventual suspensión de los derechos de voto de Hungría en el seno de las instituciones comunitarias. A las acusaciones de que su gobierno viola principios democráticos de la Unión, en cuanto al trato a los migrantes, la libertad de prensa y las libertades académicas, respondió que Hungría protegerá sus fronteras y decidirá con quién desea vivir. Además, calificó como débil al liderazgo de la Unión porque “baila al tono de los socialistas y los liberales”.
Lo preocupante de las admoniciones del primer ministro húngaro no radica solamente en la posibilidad de que insista en hacer tolda aparte en asuntos esenciales, para convertir en realidad su credo, sino en la fractura que su interpretación de las cosas representa para la unidad europea. Preocupación creciente en cuanto sus argumentos no dejan de recibir la solidaridad de partidos de extrema y de agentes interesados en la disolución de la Unión Europea, como Nigel Farage, el político británico líder del brexit que permanece en el Parlamento Europeo, en el que no cree, como si su objetivo fuera solamente el de animar las posibilidades de su destrucción.
No se puede desconocer que la tesis de la inmigración como “caballo de Troya” encuentra tanto detractores como adeptos tanto en Hungría como en el resto de Europa. Las diferentes posiciones sobre la materia, y la confrontación resultante, amenazarían gravemente la convivencia pacífica de los espíritus en un continente tradicionalmente explosivo, cuyo modelo contemporáneo de amistad y cooperación internacional se llegó a convertir en paradigma para otras regiones del mundo.
Lo cierto es que una oleada de populismo de nuevo cuño avanza por toda Europa y pone en aprietos tanto a la clase política, emanada de las alternativas de la posguerra, como a la dirigencia económica. Políticos y empresarios viven bajo la presión de quienes consideran que los inmigrantes, y la cesión de soberanía, son una multiamenaza en todos los frentes de la vida de sociedades cuyos progresos en materia de bienestar ven en peligro.
La forma política que esa tendencia va tomando ha conseguido ya avances electorales que se manifiestan inclusive en países como Suecia que se habían distinguido por una especie de ortodoxia socialdemócrata que parecía incuestionable. El resultado electoral del pasado fin de semana en ese país se suma a los avances del Frente Nacional en Francia, el Partido del Pueblo y el Partido de la Libertad en Austria, la Alternativa para Alemania, el Partido de la Libertad en Holanda, la Liga Norte en Italia, Nuevo Amanecer en Grecia, y Ley y Justicia en Polonia.
Unas apelaciones genéricas a la protección de los intereses del pueblo, bajo el manto de la bandera nacional, atraen la voluntad de muchos desencantados del sistema político, y sobre todo de sus actores. También llaman la atención de quienes desconocen, temen o aborrecen la lógica económica de las empresas de talla mundial que no tienen en cuenta barreras nacionales, y para quienes en la mayoría de los casos los asalariados son una carga, que hay que aliviar moviéndose hacia donde resulte menos pesada.
Con las emociones a la vanguardia, los predicadores de la redención nacional pueden presentar, como Trump en los Estados Unidos, el argumento aglutinante de cualquier tipo de grandeza pasada, real o imaginaria, para ganar adeptos, y lanzar la promesa de volver a ella, sin que quede muy claro cuál será el camino por recorrer. En esos términos, y según sus cálculos, bastaría con la apelación sencilla a una serie de valores elementales en los que la gente puede creer, para lograr una convergencia sentimental que se pueda convertir en agrupamiento político.
El problema mayor es que, detrás del ejercicio de ese encantamiento, flota el fantasma del autoritarismo, favorecido por las circunstancias económicas, el flujo incesante y desordenado de inmigrantes y la esterilidad del liderazgo político, que abonan el terreno favorable para su germinación. Ahí está entonces cercana una amenaza grande para la democracia y para todas las instituciones, nacionales o internacionales, como la Unión Europea, fundadas no solamente en la proclamación sino en la vivencia de sus principios.