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Se ayuda quien ve sus errores

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La maestría en un oficio o en la vida se consigue cuando logramos pasar de la ignorancia al saber.

Este camino no es otro que el del aprendizaje del corazón, pues lo importante es que este adiestramiento no se dé como una línea ascendente que va desde las tinieblas a la luz, sino que pasa por asumir desde el alma el error.

Aunque equivocarse es necesario al aprendizaje, recoger las consecuencias que en la vida y en los sentimientos de los demás tienen nuestras deficiencias, es un imperativo. La realidad es que cuanto más responsabilidad frente a la familia o la sociedad tenemos, más graves son las implicaciones de las faltas cometidas.

En un medio como el nuestro, donde se pretende la perfección como la condición para tener reconocimiento y se sanciona duramente la imperfección, hemos llegado a una paradójica circunstancia: tan difícil es la vergüenza del desacierto que ser deshonesto, si se cometió un error, parece una opción válida. Frente a la idea de que después de un ojo afuera no hay Santa Lucía que valga, nuestra costumbre responde: primero muerto que confeso.

¿Será que podemos desarrollar humildad y valor para reconocer nuestros errores y aprender a ser mejores? ¿O estaremos condenados a morir en una cultura pretenciosa que cree que lo que corresponde es pasar por perfectos?

Hace poco a una mujer profesional le mostró otra más joven que se estaba equivocando. A la mujer madura se le encogió el alma. Y es que mirarnos a través de nuestras falencias desencadena ansiedad. Sin embargo, se sobrepuso a la angustia inicial y aunque vio con vergüenza su impertinencia e inmadurez, tomó la decisión de pedir perdón.

La vergüenza se sana si podemos encontrar en nosotros el valor para decirnos: “Estos actos no son dignos de mí. Me comprometo a cuidar mis emociones negativas para no verme envuelto en estos comportamientos. Tengo que honrarme a mí y a los otros”. Después corregir y pedir perdón. Pero, en el corazón de nuestra mujer surgió algo más importante: gratitud.

Nos hace un gran bien quien nos muestra dónde están nuestros errores. Nos hace mal quien, a sabiendas de que estamos en falta, calla por condescendencia o para evitar el conflicto.

Sólo alguien que es un verdadero amigo nos ayuda a reencontrar nuestro camino. La pretensión de ser perfectos, que incluso puede llevarnos a pedir un perdón estratégico, es mala consejera para el destino de las familias o las naciones.

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