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Tiempo de la cultura

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En el mundo de hoy transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales asociadas con la globalización han alterado la conducta tradicional de la diplomacia.

La revolución en las tecnologías de comunicación e información ha redundado en una mayor circulación de información y velocidad en su transmisión, así como en un aumento en el número de sus consumidores. Dado lo anterior, el estatus de un país en el exterior depende en gran medida de su capacidad de comunicar una imagen específica, no sólo a otros gobiernos sino a distintos públicos. El concepto del “poder blando” sugiere que la seducción y persuasión que exige una comunicación internacional efectiva se han convertido en instrumentos centrales del poder, sobrepasando incluso los elementos de coerción y compra propios del poderío militar y económico.

Por otro lado, la proliferación de actores no gubernamentales en la escena global, en combinación con su alta capacidad de interacción y comunicación, hace de estos uno de los nuevos protagonistas de la política mundial. El carácter transnacional de muchas de sus actividades convierte a la sociedad civil en un gestor crucial del “poder blando”, con lo cual los gobiernos deben promover y acompañarla en lugar de intentar controlar lo que hace.

La diplomacia cultural constituye uno de los instrumentos más idóneos de este tipo de poder en un mundo globalizado, justamente porque cultiva el intercambio de ideas y valores entre personas de distintos países con el fin de fomentar la comprensión y respeto mutuos. A través de espacios tan diversos, como la educación, la ciencia, el deporte, el cine, la música y el arte, cumple varias funciones: ayuda a construir una base de confianza entre países que puede mejorar la calidad y densidad de sus interacciones; genera relaciones de largo plazo con las poblaciones de otros países que se extienden más allá de los períodos presidenciales; y sirve para contrarrestar informaciones negativas que se difunden sobre diferentes países.

La diplomacia del ping-pong, empleada por Estados Unidos en los años 70 para lograr un acercamiento con China, sugiere la importancia de la cultura en la política global. Si bien la diplomacia cultural tiene un propósito instrumental —defender los intereses nacionales— al estar “por encima” de las consideraciones políticas y económicas no sólo opera de manera más sutil, sino que constituye un vehículo de interlocución para países entre los cuales las relaciones diplomáticas están tensas o no existen. Tal ha sido el caso no sólo de China, sino de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, o entre Israel y Palestina, en donde distintas herramientas de la diplomacia cultural han sido empleadas para transmitir mensajes de reconciliación.

Si bien Colombia ha experimentado un lento despertar en cuanto a la cultura, está en mora de hacer un uso inteligente de la diplomacia cultural para dirimir con más eficacia sus problemas en el exterior, comenzando por los conflictos no resueltos con Venezuela y Ecuador, pero incluyendo también la imagen negativa que tiene todavía en Estados Unidos y Europa. Éstos no se resuelven con conciertos por la paz o corazones gigantes en Washington o Nueva York, sino mediante políticas estatales que involucran a la sociedad, narran con mayor franqueza las realidades del país y escuchan mejor las opiniones de otros.

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