¿Qué se fumó Duque?

Sergio Ocampo Madrid
10 de septiembre de 2018 – 12:00 a. m.

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Hace unos seis o siete años, cuando Alejandro Ordóñez reinaba omnipotente en la Procuraduría, le dio por hacer un chiste de que a él lo criticaban los intelectuales entre porro y porro, y entre pase y pase.

El problema es que él, como buen inquisidor, no tiene sentido del humor (la risa libera y le roba espacio al miedo; y sin miedo no puede haber fe; ya lo dijo Jorge de Burgos); entonces a Ordóñez le tocó explicar el chiste: los intelectuales lo criticaban mientras bailaban porro y hacían los pasos de la danza. Un comentario no solo sin gracia sino, además, sin lógica.

Si digo la verdad, a mí me gustan más los porros de Crescencio Salcedo (La Múcura), los de Pacho Galán (Atlántico) y de Álex Tovar (Pachito Eché), que los otros, pero soy consciente de que, con seguridad, me he perdido de algo bueno.

El anuncio del presidente Duque de que va a autorizar a la Policía a incautar cualquier cantidad de droga que se encuentre en bolsillos, maletines, guanteras, cajones, esconde un inquietante campanazo de lo que puede venir con este gobierno de un jovencito de 42 que llegó al poder por el empuje de la ultraderecha más feroz, aunque en su primer mes se mostró mansito, jovial, dialogante. Un campanazo para entrar a clase, luego de ese recreo de liberalidad y progresismo en los temas morales que vivimos en estos últimos ocho años, más por cuenta de los jueces que de los políticos.

Por lo pronto, se acaba la dosis personal, por decreto. Una decisión en contravía de la historia porque la historia ha demostrado el fracaso estruendoso de la represión para erradicar los apetitos, las necesidades, las pulsiones naturales, los instintos y las convicciones culturales. A los órganos coercitivos de la sociedad, llámense gobiernos, iglesias, logias, nunca les ha ido muy bien cuando tratan de meterse en la alcoba de la gente, en su cama, en su inconsciente, o en su pensamiento mágico.

Por eso la guerra contra las drogas es un sinsentido comprobado que, además, rompe a las malas con una relación natural, y exenta de culpas, de 12 mil años entre las sustancias psicoactivas y la civilización (las civilizaciones), nacida en razones metafísicas, de búsqueda de sabiduría, de identidad comunitaria, de paliativo en la trashumancia y las labores, o de simple esparcimiento. Y que esas sustancias psicoactivas van desde el azúcar hasta las drogas sintéticas, pasando por el cacao, la nicotina, los etanoles. La etimología de alcohol, obviamente una herencia del árabe, es espíritu sutil; espirituoso.

Duque, por decreto, nos quiere devolver a esa actitud hipócrita de perseguir en público el uso de alucinógenos por razones recreativas, y consumirlo alegremente en privado, pues las drogas más duras y más sofisticadas son casi exclusivas, por costo, de las élites en sus fiestas. Hace 25 años fue emblemático el caso de Carlos Ossa Escobar, codirector del Banco de la República y un buen tipo, cuando le encontraron en su maletín una dosis de marihuana en un chequeo rutinario en el aeropuerto. Aquella vez, por cuenta de un debate de doble o triple moral, citado al Congreso, Ossa se defendió sacando varios e inquietantes trapos al sol: “Andrés Pastrana debe explicarle al país por qué estuvo secuestrado por el narcotráfico, al igual que su suegro, quien meses después apareció asesinado, al parecer por una de esas organizaciones”. Nunca hubo las respectivas respuestas del senador Pastrana y luego se hizo presidente y, más grave aún, expresidente.

Por decreto, también, nos van a devolver a ese vergonzoso tiempo en que a la gente, sobre todo a los jóvenes, la Policía los ponía contra la pared, manos en alto, para una requisa a fondo. Una sociedad más policiva que la de hoy, pero no para mejorar la seguridad sino para perseguir a los peligrosos marihuaneros. Qué contradicción: nadie más apacible que un buen marihuanero.

Yo veo esta guerra hoy más absurda que nunca porque si la droga fue para la cultura un camino de exploración mística, un ceremonial, un elemento de la urdimbre social, o un mero elixir recreativo, en estos tiempos posmodernos se convirtió en un derecho a la evasión, en una fuga temporal de un mundo que es cada vez más adverso a la esencia sutil del ser humano. Un mundo cada vez más solitario, aunque con menos espacios para estar solo, solo con uno mismo; más intercomunicado pero con menos cosas para decir; con más amigos virtuales que reales; con más opciones para escoger mil profesiones, pero con el horizonte más estrecho de que sean lucrativas; con más facilidades para hacer todo más rápido, pero menos tiempo para la simpleza de no hacer nada; con millones de contenidos para consultar, pero menos interés por apropiarlos. Un mundo donde las cifras y las siglas reemplazaron a los nombres; uno donde una provisionalidad reemplaza a otra provisionalidad. Uno sin utopías y con más Trumps pelechando en todos lados.

Y ahora, por decreto, en Colombia, nos quieren negar ese derecho.

¿Qué decreto seguirá después?

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