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La vertiginosa evolución de las encuestas muestran que la carrera presidencial entró a la recta final. Mockus y Santos registran un empate técnico. Como la tendencia parece incontenible, el ex alcalde de Bogotá se proyecta como el más probable presidente.
Los nuevos acontecimientos han modificado la actitud de los candidatos. A diferencia de los primeros encuentros, las encuestas y entrevistas revelan un claro distanciamiento de Uribe, en respuesta a una cierta decepción de la ciudadanía con la seguridad democrática.
Con base en el principio de que el fin no justifica los medios, Mockus logró sustituir ese concepto por la legalidad democrática. Si bien acepta los elevados costos presupuestales para alcanzarlo, rechaza las alianzas paramilitares, los falsos positivos, los ataques en los países vecinos y la reelección indefinida.
La cultura ciudadana es la idea triunfante. Su aplicación es urgente en las costumbres políticas en donde la corrupción amenaza la democracia. Los votos anulados, las denuncias de fraudes y los congresistas elegidos con votos de parientes sancionados, indican que el margen de confianza de las cifras electorales supera el 3% de las encuestas.
Sin embargo, la extensión de la terapia a las áreas económicas y sociales está expuesta a mayores dificultades. Como lo ilustran las preguntas hipotéticas que tanto entusiasman a los moderadores, el incumplimiento de las normas muchas veces es el resultado de desigualdades y deformaciones institucionales que impiden físicamente su materialización.
La otra área en que se percibe preocupación y voluntad de cambio es la social. Existe un cierto consenso para ampliar las apropiaciones presupuestales para salud y educación y vivienda. Infortunadamente no se va más allá del asistencialismo de entregar dádivas que alivian la pobreza, pero no corrigen el estado de exclusión presente y futuro ni cambia la distribución del ingreso.
Como ha ocurrido en las últimas campañas, la economía no aparece en la agenda de discusión. Se advierte una actitud a no discutir el banco central autónomo, el TLC, la austeridad fiscal, la política laboral represiva y el colapso exportador mundial.
El desempeño de la economía en las últimas dos décadas es el peor del siglo y no se hace mayor cosa para rectificar. Se pretende enfrentar las próximas décadas con un modelo que no genera suficiente crecimiento, exhibe pobreza de 50%, mantiene la mitad de la población en el desempleo y la informalidad, y revela una de las peores distribuciones de ingreso del mundo.
La timidez y el temor sobre los temas dominantes de la economía les restan fuerza a los pronunciamientos sociales. Mientras se mantenga el modelo del Consenso de Washington y no se comprometa la macroeconomía en los propósitos sociales, no será posible pasar del asistencialismo a la creación de empleo legal con mayor salario mínimo y seguridad social digna. Ni siquiera se avanzará en las oportunidades mínimas para evitar la réplica de las desigualdades en las siguientes generaciones.
La enorme dispersión en los desempeños escolares que aparecen en los exámenes nacionales e internacionales, y la falta de empleos formales, constituyen severas limitaciones para que los sectores menos favorecidos ingresen a la clase media.
En las últimas campañas políticas la confrontación armada y la guerrilla han predominado en la escogencia presidencial. Los debates pueden contribuir a ampliar la información y la influencia de los electores sobre los temas que más afectan el interés colectivo y comprometan a los candidatos en su realización. En lo que resta de la campaña, convendría incluir más preguntas sobre la forma de cambiar el modelo económico para mejorar el bienestar de las grandes mayorías.