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Aprendizaje, independencia y memoria

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EL BICENTENARIO DE LAS INDEPENdencias en Colombia y una elección urgente, son una coincidencia crucial para este 2010.

La tradicional memoria de la Independencia está basada en batallas. La historia hecha de dolores en campañas, conspiraciones y asesinatos. Los héroes se confunden con guerreros. Son 200 años “independientes” de país.

Pero según corrige el Ministerio de Cultura, se celebran 200 años de las independencias, porque cada región hizo su propia tarea de emanciparse en distintos tiempos y de distintas maneras. Aunque sigue el dolor asociado a la memoria, el Bicentenario en Colombia propone que la Independencia es cultura y que esta memoria puede ser reescrita. Que el pasado no es un ancla porque puede construirse como punto de partida.

Fruto de la libertad es la cultura y sirve de correctivo a la memoria cifrada en el dolor; es propuesta vital que contrarresta a la muerte como destino ineluctable. Para dar cuenta de los surcos de dolores de los que habla nuestro himno nacional, en internet existe en Colombia una Galería de la memoria que busca recoger los desaparecidos y los asesinados en 50 años para reconstruir lo que hemos perdido. Los proyectos culturales buscan ir construyendo una memoria para hacer una historia con futuro.

La clave de esta nueva memoria no se fija en los hechos, las circunstancias ni las personas sino en los aprendizajes, en lo que la experiencia puede indicar como posible de ser renovado, como susceptible de cambiarse. Así lo muestra la neurociencia, que el aprendizaje se define en términos de los cambios permanentes debidos a la experiencia pasada, y la memoria es parte crucial del proceso de aprendizaje; sin ella, las experiencias se perderían y el individuo (o el país) no podría beneficiarse de la experiencia pasada.

Los 200 años han tratado de reunir regiones, mentalidades, circunstancias, en una sola nación que ha tenido muchas batallas que son las que recordamos, porque es difícil reconocer una felicidad colectiva o un motivo de alegría identificable como no sea algunas victorias deportivas creadas por los medios de comunicación.

El Bicentenario, pues, es una oportunidad de rehacer una memoria que nos permita crear un futuro y que no nos ancle en el pasado. Dice la misma neurociencia que las experiencias agobiantes y las tensiones pueden atrofiar la memoria y hasta el aprendizaje, lo cual es grave para un país joven como este.

La propensión al pasado doloroso contrasta con lo que más se dice: que somos un país sin memoria. Este lugar común no tiene un sentido reconocible. ¿Alude a la reiteración en la vida pública de quienes se sabe han violado las leyes y la ética? ¿Al olvido que hemos hecho de los ultrajes hechos por quienes han abusado así de la fe pública?

El argumento central de un candidato a las elecciones de 2010 (Juan Manuel Santos) es el riesgo de volver al pasado, a los tiempos del terror. Pero él propone centrar su ideario en este terror como algo intrínseco en Colombia. Una situación a la que se le da vueltas porque los interesados en la guerra colombiana son muchos y encarnizados. Contra ese enfoque hay que decir que resulta imposible hacer un aprendizaje como país sostenible y transformable si el referente único es la guerra, las pasadas y la presente, como una única memoria.

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