Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
SI TUVIERA UNA MEMORIA MENOS caprichosa, o si conociera mejores estrategias de internauta, habría podido encontrar un artículo que leí hace mucho tiempo en el New York Times y del cual no recuerdo ni el autor ni el título ni mucho menos la sección en que aparecía.
El articulista hablaba de los expertos de televisión, esa subespecie humana que invade cuanto noticiero salga al aire e incluso llega a conformar programas enteros. No recuerdo por qué vías ni a propósito de qué, pero el artículo comentaba un estudio hecho en la Universidad de Yale sobre la falibilidad de los expertos, y demostraba que los de televisión tienen un índice de error mucho más grande que los de prensa, por ejemplo, ya no digamos los que escriben libros. La razón: la televisión, por su propia naturaleza, no contrata a la gente que más sabe sobre un tema, sino a la que es más capaz de expresarse de manera interesante (o simplemente entretenida) en poco tiempo. En televisión no sobrevive el que tiene la razón y lo puede demostrar, sino el que tiene la frase breve y contundente, aunque no pueda demostrar nada.
Pensaba yo en eso mientras veía el último debate entre los candidatos. Dejemos de lado las balotas estúpidas y el ambiente de rifa o de reinado que le dieron a todo: no voy a preguntarme si a nadie se le ocurrió una mejor forma de escoger el orden de las respuestas, pero la verdad es que lo único peor que esto era poner a los candidatos a sacar pajitas. Lo que sí me pregunto es quién cree que sirve de algo un debate en que los candidatos tienen un minuto para responder a la pregunta que sea. O mejor: quién cree que sirven de algo las respuestas que se pueden dar en un minuto. La publicidad, el arte de convencerlo a usted de que se compre este carro o esta gaseosa o esta crema de dientes, se las ha arreglado toda la vida para decir lo suyo en treinta segundos. Los candidatos a la Presidencia de Colombia, uno de los países más complejos del mundo, tienen el doble. Eso es lo que tuvieron Mockus o Petro para explicar su posición frente a la Seguridad Democrática: el tiempo de dos propagandas. Ridículo.
¿Por qué ridículo? Porque ninguna idea que valga la pena sobre los problemas colombianos cabe en ese tiempo. Y porque en ese tiempo absurdo no se puede explicar un proyecto, que consiste, las más de las veces, en una serie de ideas concatenadas. En Colombia no se puede hablar de paramilitarismo sin hablar de guerrilla, no se puede hablar de guerrilla sin hablar de narcotráfico, no se puede hablar de narcotráfico sin hablar de oportunidades sociales, no se puede hablar de oportunidades sin hablar de educación. Lo sabe Mockus, y el resultado es que siempre se le acababa el tiempo: Mockus no estaba dispuesto a simplificar la verdad para respetar el cronómetro. A Santos o a Vargas Lleras, en cambio, rara vez les pasó eso: el uno hereda las políticas de los últimos ocho años, y le bastan dos palabras para que la gente sepa a qué se refiere; el otro es de ideas tan simples (otros dirían: de convicciones tan profundas) que un minuto le basta y le sobra.
Debates como éste menosprecian el matiz, la complejidad y el diagnóstico, y privilegian la simpleza, la pintura de brocha gorda y el eslogan memorable pero vacuo. Y con todo y eso ganó Mockus. ¿Se imaginan si le hubieran dado tiempo?