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ESTA SEMANA, EL DICTADOR VENEzolano celebraba en compañía de sus conspicuos aláteres el bicentenario de la independencia venezolana.
Fiel a su maestro Fidel, Chávez pronunció un larguísimo y tedioso discurso en el que descaradamente manipuló la historia de su país, para justificar la satrapía regentada por él. Durante las celebraciones, el chafarote se dio a la tarea de fomentar el odio en su país, descalificando vulgarmente a sus opositores, aquellos que legítimamente reclaman el regreso de la democracia que el teniente coronel les ha arrebatado paulatinamente durante los últimos 12 años.
Las palabras del dictador fueron sucedidas por una revista militar exagerada. Si bien es cierto que todos los Estados celebran su día nacional con el desfile de sus tropas, no menos lo es que los tiranos, como el norcoreano Kim Jong Il, se desviven por las paradas multitudinarias en las que “exhiben sus juguetes” y de paso envían claros mensajes a quienes ellos califican de enemigos.
Chávez quiere una guerra. No sólo la quiere, sino que la necesita. Su régimen hace agua por todas partes. Sus aliados han ido desencantándose de la corrompida revolución y del comunismo del siglo XXI. Debe sospechar que su pueblo, en el momento menos esperado, lo saque del poder.
Guerra. Eso es lo que brota por todos los poros de la piel de Hugo Chávez. Su esquizofrenia le hace ver enemigos peligrosos en todas las esquinas. Según él, Estados Unidos está a punto de invadirlo para quedarse con el petróleo venezolano. ¿Para qué una guerra si él mismo le vende el crudo a los norteamericanos y a muy buen precio? Resulta más barato continuar comprándoselo que asumir el costo de una onerosa campaña bélica.
El nuevo enemigo de Chávez se llama Juan Manuel Santos, ese mismo dirigente político que tuvo las agallas de desenmascararlo cuando la región aún lo veía y trataba con benevolencia. Antes que nadie, Santos advirtió sobre el peligro que para la democracia latinoamericana significaba el régimen venezolano.
Desde la fundación “Buen Gobierno”, Santos se dio a la tarea de esquilar al lobo chavista y mostrarlo tal cual es. Cuando aún no había comenzado su persecución contra los medios de comunicación, ni a apoderarse de todos los poderes públicos, Chávez ya había sido evidenciado y exhibido por el candidato de la U.
A ello, habría que sumar los golpes que, en su condición de ministro de Defensa, le dio a las Farc, grupo que cuenta con el irrestricto respaldo de Hugo Chávez. Bien vale recordar el minuto de silencio que ordenó tan pronto se enteró del magistral resultado de la operación en la que las Fuerzas Militares colombianas dieron de baja al sádico terrorista Raúl Reyes, o los homenajes póstumos que le ha rendido en Caracas al mafioso Tirofijo.
Siguiendo la retorcida lógica de Chávez, sus palabras contra Juan Manuel Santos tienen todo el sentido. Sentenció que el ex ministro colombiano es “una amenaza para todos nosotros”. Claro que sí. Santos en el poder, al igual que Álvaro Uribe, será el peor enemigo del terrorismo y de quienes lo respaldan, financian y promueven, sin importar el lugar en el que se encuentren.
A pesar de todo, Chávez sigue celebrando con sus amigotes los 200 años de la independencia de su país. Abraza a Evo, besa a Cristina Fernández y le da palmaditas en la espalda a Correa. Mientras tanto, los demócratas venezolanos siguen esperando el día en el que puedan emanciparse de la dictadura que los agobia, conscientes de aquello que decía Nietzsche, quien creía que la esperanza es el peor de los males debido a que prolonga el tormento del hombre.