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ESCUCHANDO A LOS ASESORES ECOnómicos de las campañas a la Presidencia explicar sus programas, un empresario peruano me decía en Cartagena hace pocos días que le sorprendía positivamente que todos estaban básicamente de acuerdo en sus propuestas, que se conocían entre ellos, que era evidente que habían trabajado juntos antes.
¡Y eso que mi amigo no sabía que casi todos venían de la misma universidad! Mi amigo empresario decía que esa conjunción de visión y de propuestas le daba tranquilidad y que lo entusiasmaban para seguir invirtiendo en Colombia en los próximos años. Si los asesores económicos transmiten esa similitud de propuestas, por los ataques y expresiones de los titulares de las noticias, en el plano político no parecería que existe un consenso igual para resolver los principales problemas del país. Al contrario, parecería que existe una gran polarización que va a seguir en aumento en la medida en que las encuestas indiquen que no habrá un ganador en la primera vuelta y que tendremos otra elección tres semanas después del 30 de mayo. Es posible que esta polarización se produzca, pero también es igualmente cierto que las corrientes más extremas del espectro político ya no están y las que quedan, según las encuestas de opinión, no parecen tener opción. En alguna medida, los tres candidatos más opcionados están tratando de pelear por el centro de la opinión pública. Yo creo que eso es bueno, sobre todo si eso se refleja en la composición, en el programa y en las ejecutorias del gobierno de quien gane. Después de todo, en eso consistió el éxito del primer gobierno del presidente Álvaro Uribe. Muy pocos se acuerdan de que Uribe llegó a la Casa de Nariño sin una bancada propia en el Congreso y que su primera administración fue lo que se puede llamar un gobierno de unidad nacional.
Una buena parte de su gabinete en 2002 estuvo compuesto de seguidores de la actual candidata por el Partido Conservador, Noemí Sanín: Marta Lucía Ramírez, ministra de Defensa; Juan Luis Londoño, de Protección Social; Jorge Humberto Botero, ministro de Comercio Exterior, y el director de Planeación Nacional. Pero, quizá, el grupo más numeroso de ministros y altos funcionarios llegó de la Alcaldía de Bogotá. La canciller, Carolina Barco; la ministra de Educación, Cecilia María Vélez; la ministra de Cultura, María Consuelo Araújo; la directora de Bienestar Familiar, Beatriz Londoño; la secretaria privada de la Presidencia, Alicia Arango; todas ellas, además de ser brillantes, de tener fuertes personalidades y una gran capacidad de ejecución, compartían otra característica: venían de trabajar en la Alcaldía de Bogotá con Antanas Mockus o con Enrique Peñalosa, o con los dos. El resto del primer gabinete del presidente Uribe lo completó con ministros de los partidos tradicionales y personalidades independientes. Al escuchar estas explicaciones, mi amigo peruano parecía perplejo. Pero esta es una oligarquía que se fractura a conveniencia para gobernar el país, me dijo. Yo traté de explicarle que no se trataba de una oligarquía sino de que el país era así. Un país que históricamente ha rechazado los extremos, los gobiernos autoritarios y los caudillos y que, en algunas circunstancias críticas ha tenido la capacidad para sobreponer diferencias y unirse, como cuando, para enfrentar la violencia de los años cincuenta y la dictadura, se unió alrededor del Frente Nacional; o para enfrentar la violencia y la inseguridad, después del fracaso del Caguán, también se unió alrededor del gobierno de Álvaro Uribe en 2002. Este es un país muy extraño, pero me gusta, me da tranquilidad y seguiré invirtiendo, dijo el empresario peruano.