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LA ASCENDENTE CARRERA POLÍTICA de Antanas Mockus ha generado toda suerte de reacciones: ellas van desde quienes consideran que semejante loquito no puede ser el responsable de los destinos próximos de Colombia, máxime cuando el país se enfrenta a una situación caótica si se renuncia a continuar la panacea política de la seguridad democrática.
Principiando por el presidente Uribe, a quien siguen sus más obsecuentes soplafuelles y representantes de una línea belicista e intolerante, para quienes la estrategia mockusiana de buscar la congruencia entre ley, moral y costumbre es una línea política que puede rendir más y mejores frutos que las balas y la retórica antiterrorista, es una invitación a las guerrillas para que se fortalezcan y hagan desaparecer lo logrado en los últimos ocho años.
Y siguen quienes temen que Mockus repita algunos de sus más recordados desplantes, como la bajada de pantalones en la Universidad Nacional. A ellos les parece más grave este episodio que la incitación que hizo el Presidente a sus seguidores en el Congreso a que apoyaran las iniciativas gubernamentales antes de que los arrestaran por sus veleidades paramilitares. Esto les parece un acto de realismo político, y en el peor de los casos un pecadillo leve.
Pero hay quienes, de otra parte, expresan su rechazo a la corrupción, el autoritarismo, la intolerancia y la ineficiencia en muchas áreas de la administración pública que se han hecho corrientes en este período.
Se trata, y ojalá no me equivoque, del inicio de un movimiento social que, sin la intermediación de figuras políticas untadas de los vicios que han definido tradicionalmente la acción política, busque una modificación radical de esas prácticas y lleve al alto gobierno un estilo radicalmente diferente.
Claro que estoy pensando con el deseo, y no me caben dudas de que la llamada coalición uribista hará los mayores esfuerzos para desacreditar a Mockus y obstaculizar su ascenso. Y menos dudas tengo de que recurrirá a todo tipo de maniobras para garantizar el triunfo electoral del candidato Santos. Para eso cuenta con la fuerza de la tradición manzanilla y los ríos de dinero que se lanzarán, amén de las triquiñuelas ya conocidas de los jefes políticos locales.
Pero si ese movimiento social en el que estamos esperanzados llega a sobreponerse a esa maquinaria, un triunfo de Antanas lo llevará a enfrentar un Congreso que sin duda buscará venganza y no dudará en atravesarle palos a la rueda. De allí que se hace necesario que fuerzas políticas deseosas del cambio, y aquí incluyo al Polo, recapaciten y se den cuenta de que apoyar a Antanas es el mejor negocio que pueden hacer con miras a su futuro. Si esa izquierda no triunfa ahora, deberá sembrar méritos para un futuro.
En efecto, para que una izquierda tenga aspiraciones de poder en estas épocas es necesario que antes se abran algunos senderos de democratización, no sólo en las prácticas políticas, sino en la estructura social, vale decir, cambios en la distribución de la tierra, apego a una ley justa, reivindicaciones y esfuerzos estatales en la educación, la cultura y la tecnología, y una política de reivindicación de los sectores populares, que en los años recientes han experimentado un deterioro evidente en sus condiciones de vida.
Luego sí la izquierda puede pensar en el poder.