El gota a gota

Beatriz Vanegas Athías
04 de septiembre de 2018 – 12:00 a. m.

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Es una imagen que trae consigo la noción de densa espera y de esperanza. Gota a gota es horadada la piedra hasta alcanzar el imposible, pero lo consigue: destruir la fortaleza de la roca. Gota a gota cae la dextrosa que es una forma de glucosa (azúcar) en agua inyectada en una vena para reemplazar fluidos perdidos y proveer carbohidratos al cuerpo. Es este goteo un gota a gota que sume al enfermo en un halo de esperanza y al familiar en el desespero de noches en vela aguardando el alivio o el fatal desenlace. Gota a gota se llena la palangana que recoge el agua de la gotera eternamente abierta en las casas invadidas por los desterrados colombianos y la clase media cada vez más empobrecida. Pero Colombia, país polisémico a más no poder, ha exacerbado la significación de esta expresión hasta hacerla literalmente sinónimo de muerte lenta y a mansalva.

Porque de conocimiento general es –excepto para los gobernantes de turno– que el gota a gota es el más infame mecanismo de préstamo o crédito rápido e informal que desde hace décadas nuestro desindustrializado país ha concebido para la mayoría de sus ciudadanos, ante la imposibilidad de un préstamo clandestino por carecer de una hoja de vida crediticia. Bueno, no tan clandestino porque cuando llegan al barrio en las luminosas camionetas y sus intimidantes armas, el terror y la angustia de la familia en cuestión son de conocimiento público y no hay ley que pueda protegerlos. El otrora trámite rápido que solucionó la urgencia económica o dio la esperanza de inicio de un negocito propio se convierte en un suplicio diario que destroza cualquier tejido social porque la mayoría de quienes acuden al cuenta gota –“el mejor trabajo del mundo”, como afirmaba una amiga dueña de uno de estos engendros del desamparo económico– lo hacen porque necesitan una cantidad de dinero urgente y quienes acuden a él suelen hacerlo porque no pueden acceder a un crédito bancario.  Según cifras de la Encuesta de mercado de crédito informal en Colombia, el crédito informal sigue siendo una de las formas de financiamiento en las familias de estratos 1, 2 y 3.

Gustavo Petro fue el único que habló en la campaña del desangre que infringe este vil sistema de préstamos que es además un lavadero de dólares para los señores de bien que están a cargo de él y envían a sus perros a destrozar a sus clientes-víctimas. Escuché al candidato de la Colombia Humana en sus intervenciones de las plazas de Floridablanca, Piedecuesta y Bucaramanga proponer la creación de una Banca Pública para los medianos emprendedores con el fin de que los pobres-pobres pasaran a gozar de las tenues oportunidades de la clase media; tenues y paupérrimas, pero al menos garantizan una nevera medio llena. Y ahí estaba la señora de la venta de obleas aplaudiendo a rabiar porque ella estaba atrapada en esa telaraña venosa.

De acuerdo al portal Finanzas personales: “Si por un año le prestan $1’500.000 con una tasa de interés sobre la deuda de 20% mensual, terminaría pagando de cuota mensual cerca de $337.897. Al final terminará pagando casi $4’054.769 por el crédito, pero en sólo intereses, $2’555.000”. Pero esto, solamente, si su “gota a gota” le cobra mensual. Diario resulta mucho peor y todo se complica más, si usted se atrasa.

Dijo José Martí: “¿A dónde irá un pueblo de hombres que haya perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?”.

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