
El contacto de Álvaro Hernández con grupos indígenas y sus necesidades comenzó cuando estudiaba en el Instituto Técnico Central de la Salle y Aldemar Benítez, su profesor de historia, les hablaba de las necesidades territoriales, sociales y culturales de la comunidades. Dice que allí nació su tesis de pregrado cuando se convirtió en Licenciado en Pedagogía. Advirtiendo que a veces el destino es irónico, cuenta que vino a conocer la problemática de las comunidades del Vichada, cuando en 2011 el Estado lo contrató a él y otros 14 profesionales para que midieran el impacto social y cultural que tenían en estas comunidades por la explotación petrolera.
El grupo se encontró con grupos desprotegidos, con problemas de seguridad alimentaria, ausencia de cobertura en salud y educación, es decir, personas sin las condiciones mínimas de supervivencia. “Creamos lazos de entendimiento con los capitanes de los resguardos y al regresar a Bogotá pensamos en que los estudiantes que nosotros como catedráticos estábamos formando debían llegar hasta allá y aportar su conocimiento a quienes lo necesitan. Así iniciamos el grupo de Profesionales Amigos, un grupo que conoce, investiga y se hace amigo de la gente”.
Álvaro Hernández sostiene que la mayoría de estudiantes pasan cinco años de sus vidas haciendo un trabajo de grado en el que invierten tiempo y recursos, cuyo resultado comúnmente no van a ningún lugar y, en el mejor de los casos, se queda en la biblioteca. Pero es en el campo y en la selva donde esos tratados se necesitan. “Los jóvenes tienen voluntad de actuar, pero no ven causas en donde encaminar sus esfuerzos”, agrega Hernández. Cuenta que el primer grupo que viajó a la selva fue financiado con su sueldo y que a este involucró a su papá y a la madre de un amigo. Llegar a las comunidades del Vichada puede ser casi una odisea. Se inicia con un viaje en bus de seis horas desde Bogotá hasta Puerto Gaitán, en el Meta; luego se toma una lancha por cuatro horas más para llegar a La Primavera; de ahí, en cuatro por cuatro, invertir de 4 a 5 horas más por trochas y caminos de llanura que terminan en el resguardo Gavilán Pascua.
«Propendemos por el desarrollo autónomo de las comunidades, queremos ser una organización más fuerte, que pueda tener una voz más contundente. Mi objetivo es que se den clases de sikuani así como en los colegios se dan clases de literatura y hasta de lenguas extranjeras»
La señora Herminda dictó el primer curso de costura, mientras su padre ayudó en las mejoras del colegio donde hoy llegan más de 300 niños indígenas. De regreso a Bogotá, se reunió con profesionales en arquitectura, humanismo, formación ética y estudiantes de otras ramas como la lingüística y planteó la forma de que estas personas entregaran sus conocimientos para que los indígenas se formaran y aprendieran a ejercer sus derechos, acabando con esa relación de dependencia que suelen tener algunas etnias y en la cual simplemente esperan que les den. “Aquí no les damos el pescado, les enseñamos a pescar”, dice Álvaro.
Álvaro orientó la construcción de una casa para que la comunidad descubriera la capacidad que tenía de hacer cosas. Esa es la primera construcción que no es de nadie y al mismo tiempo es de todos.
Hoy Profesionales Amigos cuenta con un grupo base de cinco personas permanentes y 15 más que hacen trabajo voluntario; hoy otras 60 personas hacen sus tesis de grado o sus prácticas con los indígenas Sikuani, los grupos del Caguán y las comunidades Murvi, en Puerto Leguizamo, Putumayo. En estas comunidades funcionan la asamblea de mujeres, los planes de siembra y una escuela de liderazgo para gobierno propio en donde continúan su modo de vida tradicional pero pensando en un futuro organizado. Cuando le pido que me dé razones para apoyar un proyecto como el que lidera, Álvaro toma sus manos y traza tres caminos y sostiene: “Uno porque es posible, parece difícil pero hay que enseñarle a Colombia que es posible conectar las regiones y tener otro país; dos porque nos apasiona, nos mueve el alma; y tres porque es necesario, es urgente hacerlo”.