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LOS RESULTADOS DE LAS ÚLTIMAS encuestas muestran que los electores pasaron de la indefinición a la extrapolación en corto tiempo, y no exclusivamente por efecto de la campaña presidencial, pues ésta apenas está comenzando, sino de las elecciones legislativas que detectaron y catapultaron las tendencias subyacentes del electorado.
Si esos resultados muestran acertadamente la dinámica definitiva de la campaña presidencial —de polarización entre Juan Manuel Santos y Antanas Mockus— habría lugar a las siguientes cuatro consideraciones. La primera, que Colombia, que parecía estar siguiendo el camino de los demás países del área andina en materia institucional, sigue siendo una de las democracias más resistentes de América Latina. No cualquier sociedad sometida durante ocho años a dosis importantes de desinstitucionalización, populismo y caudillismo, pone a desafiar al establecimiento político una fórmula presidencial como la de Antanas Mockus y Sergio Fajardo, más propia de sociedades con una cultura política avanzada.
La segunda, que como era de esperarse, la campaña reflejó la polarización política generada por el uribismo. Pero a pesar de haber sido el de Álvaro Uribe uno de los gobiernos que más inclinó el péndulo hacia la derecha, éste no se está devolviendo mucho. No es entre derecha e izquierda, ni entre seguridad y empleo, que se están dividiendo los colombianos, sino entre la opción radical del uribismo, en que se imponen los fines, y la moderada de Mockus-Fajardo en que prevalecen los medios. Si la polarización fuera ideológica, quien habría ascendido en las encuestas sería un candidato de oposición como Rafael Pardo.
La tercera, que el tema de la campaña presidencial no se limitó a la seguridad, porque el de la corrupción política se está posicionando en segundo lugar, por encima del económico y social. En el tema de seguridad Santos y Mockus son dos caras de una moneda, el uno con la seguridad en el campo y el otro en la ciudad, Santos con su énfasis en la fuerza y Mockus en la pedagogía. Pero en materia de politiquería son completamente opuestos, y ese factor terminó siendo el principal diferenciador de la campaña.
Y la cuarta, que no estando claramente establecida la disyuntiva de la campaña, todavía no es posible predecir resultados, aún si los factores se mantuvieran constantes. Porque a pesar de que se está produciendo una unificación del uribismo por la base con la ‘Operación Jaque’ desplegada por la campaña Santos, que permitiría pensar que éste podría ganar en primera vuelta, en otra encuesta está a punto de ser alcanzado por Mockus-Fajardo. Antes de apresurarse con conclusiones de esa naturaleza, hay que preguntarse cuál es la disyuntiva que están revelando las encuestas: no es exclusivamente opinión contra maquinaria, porque el uribismo tiene opinión, y bastante. No es solamente seguridad versus anticorrupción, porque la seguridad no está en discusión, y Mockus y Fajardo tienen credenciales en seguridad urbana. Podría ser más bien continuidad contra cambio con seguridad. Y en esa disyuntiva no es claro si los techos de cada candidato están definidos por los porcentajes uribistas y no uribistas de las encuestas. Me inclino a pensar que sí, por lo que Mockus necesita una estrategia sofisticada para romper ese techo y poder captar masivamente votos uribistas.