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Se reunió en Univalle la 7ᵃ Conferencia de la Asociación Internacional de Ecología y Salud, “Ecohealth 2018” para discutir (en tiempos de una sentencia que asoció el uso de glifosato con un eventual caso de cáncer en Estados Unidos) el estado del conocimiento acerca de los efectos en la salud pública de las diferentes perspectivas de gestión ambiental. Se trata de un debate crítico en la era del caos climático, riesgo incremental de epidemias, nuevas enfermedades e identidades culturales emergentes, entre otros tópicos.
Uno de los temas tratados en un simposio especial fue la relación entre salud y mujer, partiendo del reconocimiento de una gigantesca diversidad de mujeres vulnerables en el mundo de hoy: aquellas cabeza de hogar que trabajan 20 horas sin descanso para levantar una familia; aquellas envenenadas lentamente en la atmósfera de agrotóxicos de la agricultura, el mercurio de la minería, los contaminantes industriales, la farmacología homogeneizante; mujeres traficadas en los enclaves de productividad a menudo ilegales, esclavizadas o abusadas sexualmente, fabricadas para el consumo por el narcotráfico y la publicidad. Mujeres transexuales fugadas de todas partes. Mujeres abusadas verbal y físicamente por quienes dicen amarlas, que a veces también son otras mujeres. En fin, personas enfermas física y mentalmente de esa antigua infección cultural recalcitrante y muy contagiosa, el machismo.
La posición vulnerable en la que han sido ubicadas las mujeres por la sociedad aún está vinculada con roles reproductivos o productivos predeterminados y establecidos institucionalmente. Si bien no es un secreto que algunas características biológicas de las personas implican mayores riesgos para sí en tanto el ambiente construido les expone de manera inequitativa y deliberada, es injusto ubicar e incluso definir las feminidades naturalizándolas en un contexto amenazante, aduciendo condiciones anatómicas, fisiológicas o comportamentales, pues el género no es nunca una identidad biológica, así derive de ella, sino biopolítica: no hay ejercicio de liberación personal que no pase por volverse un poco mujer, al menos como proceso de sanación.
Plantear una perspectiva femenina y feminista de la salud como parte del reposicionamiento de “lo mujer” en el ecosistema es un giro que mantiene las luchas por la equidad de todas las personas que se identifican así, mostrando el carácter transformativo de ello en las relaciones de poder y en su capacidad de reorganizar el mundo hacia la sostenibilidad. No hay lugar a la renaturalización de lo femenino: solo hay historia y perspectivas de justicia social y ambiental con enfoque de género. La construcción de derechos derivados de la experiencia LGBTI o queer es vital para la comprensión de la salud como cualidad que, si bien reconoce aún la especificidad anatómica, fisiológica y sicológica de la mujer histórica junto con sus instancias de inserción en los colectivos humanos y no humanos, no se agota en ella: la salud en perspectiva femenina requiere ese ejercicio crítico respecto a la identidad, pues ya no existen las mujeres y los hombres “de antes”, así les añoren.