El salario del miedo

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El problema de la propuesta de Uribe sobre el salario mínimo es la sospecha que despierta. El riesgo de que sea una especie de mina quiebrapatas, sin que nadie sepa quién terminará afectado.

Desde hace décadas, los economistas que han ejercido el poder se han esmerado en difundir una pedagogía que en líneas gruesas sostiene que un aumento salarial, sin que aumente la producción de bienes y servicios, redunda en inflación que, a la vuelta de la esquina, anula el efecto benéfico en el bolsillo de los asalariados.

Solo de cuando en cuando, voces alternativas proponían una visión diferente dirigida a aumentar la capacidad interna de compra con el consecuente crecimiento de la economía y el fortalecimiento del mercado interno.

Puede decirse, entonces, que sin parar mientes en las intenciones del autor de la propuesta, una nueva reflexión sobre el tema, bien para reafirmar la visión ortodoxa, o para buscar nuevos horizontes, es bienvenida.

De paso, con el perdón de mis compañeros librepensadores, la alusión a la economía cristiana no me causa erisipela. De hace mucho, hay una doctrina social de la Iglesia que se aleja a la vez del colectivismo y del capitalismo salvaje. Hace énfasis en la solidaridad, en una asociatividad bien entendida que no mate la iniciativa individual y en la crítica al dañino consumismo como lo hace con frecuencia el papa. Son temas terrenales que no tienen para nada tinte religioso, más allá de la inspiración cristiana que perfectamente puede provenir del Cristo hombre.

Pero viene el recelo:

Que a Uribe, riguroso defensor de la entraña capitalista, proveedor de exenciones y ventajas para los más pudientes, cuyo gobierno fue siempre visto como la mata de la economía ortodoxa y que, si algo faltara, varias de sus decisiones afectaron a los trabajadores con el argumento de la necesidad de proteger uno de los tres huevitos, se le ocurra esta idea que contradice toda la orientación que practicó en su gobierno huele más a artificio de mago que a iniciativa genuina.

Por otro lado, claramente la propuesta se ha formulado a contrapelo de la Constitución para la cual no hay facultades otorgadas de oficio al Gobierno. Esto no lo ignora el expresidente. Entonces, ¿qué objeto tiene la escogencia de ese camino viciado? Coloca a Duque en una difícil encrucijada del alma: o desatiende a Uribe, su mentor político, o se lleva de calle las ideas de su ministro de Hacienda, Carrasquilla, para quien el salario mínimo es “ridículamente alto”. Primera mina quiebrapatas, uno de cuyos efectos sería dejarle el gobierno a Duque y asumir Uribe el papel de opositor. No se aterren. No es tan inverosímil. Los consejos comunitarios de Uribe eran la lucha del gobierno contra la administración.

En segundo lugar, ¿se adelanta Uribe a las propuestas que podrían venir de la izquierda? Segunda mina quiebrapatas.

Y, por fin, obliga a los partidos a pronunciarse en contra, en aras de la ortodoxia, con lo cual asume el papel de líder popular en desmedro de lo que en Colombia ha sido el manejo prudente de la economía. O se pronuncian a favor, con lo cual se apodera de un punto importante en la agenda nacional. Tercera mina quiebrapatas.

El salario del miedo.

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