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Debía tener unos casi 80 años. Se le veía vigoroso, pero pausado. Daba la impresión como de tener un ritmo donde la sabiduría va adelante y detrás el cuerpo, ese vestido que, según la tradición hindú, tendrá que cambiarse algún día, ya ajado por el tiempo y la costumbre, para entrar en la renovación, en un nuevo cuerpo.
Caminaba lento pero seguro, a pie desnudo, en la pequeña parcelita de arroz que cultivaba con gran esmero. Mientras el sudor le corría por la frente, miró con detenimiento a su búfalo que le ayudaba a mantener el cultivo. Un animal que se veía fuerte, con los ojos semicerrados, como deseoso de tomarse una siesta, con un andar parecido al de su dueño.
“Mire —me dijo muy serio en inglés, vestigio de la guerra que los involucró sin tener mayor conocimiento de las atrocidades y muertes que vendrían a acompañar a su pueblo—, aunque no lo crea, antes de tener una esposa debe comprar un búfalo de agua. Son trabajadores, no se enferman, ni gastan en comida, el simple pasto es más que suficiente, son fieles, no conozco ningún dueño que haya sido atacado por el suyo.
La paz, la tranquilidad, nace de ver el mundo como es y no como queramos que sea”, continuó.
Le pedí permiso para tomarle unas fotos y me le acerqué. En forma tímida me explicó que una foto se vuelve un recuerdo y dependiendo de quién la observe y en qué época, la juzgará. Es decir, un NO.
El país, Laos, representó entre los políticos en los 60 una teoría descabellada, por decir lo menos. El mismo secretario de Defensa gringo de ese momento aceptó que había sido un error destruir un país porque a alguien se le ocurrió que, vía Laos, China introduciría el comunismo el resto del Sudeste Asiático. La teoría se llamó elegantemente “el efecto dominó”.
Esta parte del Sudeste Asiático incluye 11 países (de los cuarenta y pico que comprenden el total de Asia). Por nombrar los principales: Camboya, Vietnam, Laos, Filipinas, Malasia, Indonesia, Singapur y Tailandia.
Una fuente habla de que la cantidad de bombas dejadas caer en este país durante la guerra de Vietnam (dos millones de toneladas) fue casi la misma que las utilizadas durante toda la Segunda Guerra Mundial. Sea verdad o no, la guerra ha dejado territorios llenos de minas quiebra patas. Todavía se necesitarán años para desarmar y limpiar los campos.
En Vientián, la capital, la llegada al hotel con mi novia me llevó a sentir energías encontradas, pero buenas. El mesero que nos atendió, amable, estaba muerto del miedo de atender a unos extranjeros. Con el refresco que pedimos, las manos y la pequeña bandeja temblaban perceptiblemente. El hotel, una casona antigua de la época colonial francesa, resultó acogedor. Las energías del lugar llevaban el mismo sabor colonial. La influencia de los franceses fue tal que los límites actuales de Laos fueron diseñados por la geopolítica del imperio de Luis XIV.
Pero nos estaban esperando una gran estupa de oro, varios templos por visitar, entre ellos el de los mil budas, un arco del triunfo que de lejos nos hizo pensar en que estábamos en Europa, mercados locales y un paseo marítimo. Nuestra curiosidad nos hizo apuntar las cámaras fotográficas hacia todo lo que veíamos y convirtió el paseo en una aventura.
Laos tiene una economía muy pobre pero llena de espectaculares paisajes que se han vuelto el paraíso de mochileros y deportistas. Los estudios arqueológicos llegaron tarde pero ya hay monumentos considerados como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco no solo en Vientián, sino también en Luang Prabang, la antigua capital, y en el resto de su territorio.
Cuando ya nos devolvíamos, antes de tomar el avión le comenté a mi amante sobre la historia del búfalo de agua. “Mire, Aparicio, el viaje de regreso es largo y le dará tiempo para pensar con quién se queda, el búfalo o yo”. Creo que fue un chiste malo y de alguna forma me lo cobrarán.
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Que tenga un domingo amable.