Dime qué música oyes

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Soy la música que oí y aquella que sigo oyendo y cada vez me convenzo más de que somos, escribimos, pensamos y sentimos según la música que escuchamos. A veces me descubro caminando al ritmo de Guillermo Portabales y escribiendo mediocres décimas al estilo Sabina. Soy las canciones que oí, su ritmo y su melodía, y aún me sorprendo de repetir, como si vinieran de algún más allá, frases que sólo eran canciones pero que yo asumí como biblias. Por muchos años creí, como cantaba Rudy Márquez, que no podía odiar lo que alguna vez amé, y canté el estribillo en infinidad de veladas, “Aunque tú no lo creas ya te perdoné, porque no puedo odiar lo que una vez amé”, y me emborraché con aquel y cientos de estribillos de otras canciones que venían a ser la verdad por el simple hecho de que estaban grabadas, y lo grabado era inmortal. Y no odié porque había amado.

Creí que al trabajo lo habían ensuciado con un precio y al amor lo habían hecho polvo en un contrato, como decía Raphael, y luego me convencí de que era así. Creí que todos por algo llorábamos, como cantaba Piero, y creí que el amor me espantaba, como había escrito un tal Vicente Feliú. Me deshice en búsquedas infructuosas para saber de dónde eran los cantantes y para ver a dónde iban las palabras que no se decían. Traduje los chirridos del viejo ascensor de una clínica en una canción de Serrat y me levanté de mil muertes allí, cantando, como Víctor Heredia, “todavía cantamos, todavía soñamos”, y las miles de veces que no supe cómo empezar a escribir, garabateé en una hoja en blanco “cuántas veces me mataron, cuántas veces me morí; sin embargo estoy aquí, resucitando, gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal porque me mató tan mal, y seguí cantando”.

He sido una infinita suma de canciones y para ser digno de algunas respondí cuando no debía “entre tú y yo no hay nada personal”, y desafié a quien no tenía que desafiar cantándole “yo quiero que te vayas por el mundo y quiero que conozcas mucha gente. Yo quiero que te besen muchos labios”. Fui pan, fui paz, fui más, vi «un viejo maniquí donde probabas tú la seda y el chifón», vi partir una nave del olvido, vi dinosaurios desaparecer, me convencí de que si de nada sirve vivir, buscas algo por qué morir, y fui las calles de Santiago ensangrentadas y canté frente al Palacio de La Moneda: “Un niño jugará en una alameda y cantará con sus amigos nuevos, y ese canto será el canto del suelo a una vida segada en La Moneda”. Ese canto, La Moneda y Allende me llevaron a una eterna indignación y a cantar un día de por medio: “La rabia es mi vocación”.

Fui la canción de un elegido, tomé en vez de pedir y me tardé años en entender aquella frase de Serrat, «prefiero tomar a pedir». Preferí que una noche me mintieran diciéndome que tenía “la palabra precisa y la sonrisa perfecta” a terminar esa noche con un beso; y una mañana en un bus, una amiga de mil canciones a quien no he visto nunca en la vida me envió una estrofa que se iniciaba con “escríbeme, aunque sean tonterías, escríbeme”, y ese escríbeme terminó siendo un libro.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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