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Este amado país nuestro es difícil de comprender.
El plebiscito por la paz y el triunfo del No son cosas que en el mundo no tienen explicación.
Tampoco parecería lógico invertir $300.000 millones para preguntar a los ciudadanos si prefieren un país corrupto o un país honesto.
Solo falta que hagamos un referéndum para consultar si nos emociona ser pobres, si preferimos estar sanos o enfermos, o si nos gusta más estar vivos que muertos.
Pero en Colombia nada es obvio; así se han dado las cosas, y el próximo domingo tenemos cita en las urnas, para dar un mandato: erradicar la corrupción del ADN de cualquier tipo de poder, y convertirnos en un país honrado.
Nos corresponde votar y decir sí, señor, mejor no ser ladrones; juguemos limpio; seamos capaces de hacer política, negocios y relaciones libres de corrupción. Mejor no suicidarnos entre el mugre y la vergüenza de sobornos, fraude y deshonra.
Si no fuera tan cruel el estado del arte, y tan grave lo que nos ha costado la falta de transparencia, uno pensaría que sobra —por indiscutible— la consulta del domingo. Pero no. No sobra, y menos aún cuando el innombrable incita a la abstinencia, a otro No recalcitrante, para proteger lo que nadie con dos dedos de decencia podría defender.
Confieso que, de los siete puntos, el de reducir salarios no me convence. Hay senadores que gratis saldrían caros. Por ejemplo —y por distintos motivos—, cualquier sueldo pagado a Santofimio, Besaile o Macías sería demasiado alto. Y a 180º de ellos, lo que hayan devengado personas como Luis Carlos Galán o Carlos Gaviria jamás sería suficiente para retribuirles lo que ellos le dieron a Colombia en valor, dignidad y sabiduría.
No me compunge que los senadores ganen mucho. Lo que indigna es remunerar sinvergüenzas que roncan en las sesiones y evaden votaciones espinosas. Quienes se burlan del pueblo y de las leyes, atizan odios y pretenden acomodar el país a sus intereses particulares, a sus rabos de paja y sus mangualas partidistas, no merecerían recibir $30 millones ni $30 centavos del patrimonio de los colombianos.
Sería ideal que en las elecciones votáramos con criterio formado y no con panela regalada; con la llave en el pensamiento, y no en el bus de la trashumancia electoral. Que no nos violentaran con engaños, amenazas y demagogia. Algún día aprenderemos a elegir no al ritmo del arrebato, sino por la serenidad de la conciencia. Con aplomo y sin plomo. Pero eso, claro, no se va a resolver el domingo.
Lo que sí podemos demostrar este 26 de agosto con una participación que supere los 12 millones de votos es que estamos hastiados (por no decir otra cosa) de la corrupción; que la cultura de la honestidad sí es posible, y que estamos dispuestos a creer, defender y ejercer una ética genuina, de lo público y lo privado.
La consulta no va a solucionar todos nuestros males, pero abstenernos sería sumarnos a la trampa y el cinismo que, desde la baja Mesopotamia, Ramsés IX y Demóstenes, han permeado los 21 siglos después de Cristo. Según Bertolt Brecht, las túnicas de los generales y los trajes de los gobernadores de Julio César estaban llenos de bolsillos… El 26 daremos las primeras puntadas, para empezar a cerrarlos.
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