Los hechos y la dictadura del clic

Yolanda Ruiz
16 de agosto de 2018 – 12:00 a. m.

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Después de la posesión presidencial varios colegas y medios, entre ellos Jorge Espinosa, de RCN Radio, y La Silla Vacía, hicieron un interesante ejercicio para revisar las afirmaciones contenidas en el discurso del presidente del Congreso, Ernesto Macías, que generó tantos comentarios, opacando incluso el del presidente. Aparecieron algunas verdades, varias mentiras y otros datos parciales sacados de contexto. Cuando la mentira ha venido ganando tanto terreno, el papel de los periodistas y los medios de comunicación está precisamente ahí, en ser referentes para la verificación y la información de mayor calidad. Sin embargo, me temo que este tipo de tareas valiosas son ahora la excepción y no la norma, como debería ser en el periodismo.

Creo que en el gremio nos debemos un debate de fondo sobre lo que he llamado la dictadura del clic, esa necesidad de aplauso que llegó con la era digital y que ha convertido todo comportamiento humano en un performance para ser vitoreado o rechazado. Si la búsqueda del éxito, entendido como fama, dinero y reconocimiento, era un ideal permanente, las redes le han dado ahora una dimensión nunca antes vista porque hoy eso se mide en cifras contantes y sonantes: el número de seguidores o de clics, las páginas vistas, los contenidos compartidos, lo que se vuelve viral. Eso puede ser aceptable para cualquier ciudadano, pero no para los medios de comunicación serios que son, o deberían ser, fuentes de información confiable siempre. Hoy no es extraño encontrar en las redes, bajo marcas que nos daban credibilidad, información de diversa y no pocas veces dudosa calidad porque ahora se toma como fuente una imagen de Twitter o un video viral sin chequear su veracidad. En esa carrera muchas veces se ganan seguidores, velocidad y popularidad, pero si nos descuidamos se puede perder credibilidad.

Reflexiono una y otra vez sobre lo mismo intentando encontrar el punto medio entre la necesidad de avanzar con los adelantos tecnológicos y la batalla por mantener la esencia del periodismo, que no es otra que ser informadores fiables de lo que pasa en el mundo. En ese mar de incertidumbre que es internet, hoy más que nunca se necesita decantar, editar, dar contexto, entender.

A los medios nos han medido históricamente por el número de oyentes, televidentes o lectores y por eso el rating también impone su agenda desde hace años, particularmente en la televisión. Eso no es nuevo, sin embargo, con las redes esto se desbordó y, sin darnos cuenta, de manera lenta pero segura, los valores del periodismo de siempre se van reemplazando, primero en la forma y luego en el fondo, por las frases hechas, las palabras que facilitan la búsqueda en Google, las preguntas capciosas que buscan tentar el morbo, la curiosidad o la sospecha. Tal vez es cosa de la edad, pero veo que el periodismo va tomando un rumbo hacia el que preferiría no ir.

Muchos debates de hoy en las salas de redacción no tienen que ver con la búsqueda de verdades ni las ganas de denunciar lo que el poder quiere ocultar, hoy se habla de cómo volvemos viral un contenido, cómo logramos aumentar las cifras y hacer subir la curva de rendimiento, así en el camino se nos queden jirones de verdad. Si la noticia es dudosa, pero está circulando mucho, se publica con frecuencia sin confirmar y, si se desmiente luego, se cuenta que era mentira. Esa versión nueva da nuevos clics y parece salvar el pellejo de la ética porque el que peca y reza empata. ¿Será?

Estar en la era digital, sí y siempre sí porque es la manera de comunicarnos hoy, pero sin perder la esencia del oficio. Por eso, ejercicios como el de verificar los hechos, dar contexto, entender lo que pasa siguen siendo tarea de la prensa. Si nos dejamos llevar solo por las reglas del mercado digital, la verdad se nos puede ir quedando en el camino y con ella la credibilidad.

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