
Una persona está perdida hasta que su vida tiene una finalidad clavada en el centro de su corazón, un propósito más grande que ella misma, una razón amada para vivir y morir, una forma honesta para entregarse y, como decía Gonzalo Arango, “dejar el alma enredada en un crepúsculo”. Para los humanos, esas extrañas criaturas que reímos y lloramos, la supervivencia nunca es suficiente, y la vida solo es vida, cuando está vibrando con un propósito.
Por eso, lo que más me preocupa día a día, como psicólogo, no son las depresiones, ni los trastornos bipolares, ni las disfunciones sexuales, ni los trastornos de ansiedad, sino la alarmante cantidad de personas que viven por miedo y por apego, pero no por amor. La mayoría sobrevive y eso significa que aún no vive. La mayoría no tiene un propósito, un para qué clavado en el corazón, que llene de amor su vida. Y la mayoría camina hacia la muerte sin siquiera haberse jugado sus fichas en esta vida fugaz, rendida, resignada, sin electricidad en las manos y sin fuego en los ojos.
No se equivoque señor lector. La mayoría quiere muchas cosas: mejorarse, tener un cuerpo perfecto, amasar fortunas, tener sus 15 minutos de fama o una pareja que le salve la vida. Pero esa gran mayoría quiere cosas que realmente no desea, persigue metas que no la convocan, y se pasa la vida representando guiones sociales y familiares que no la realizan, que no están en el código profundo de su ser. La mayoría se mata afanosamente por el éxito, pero deja en ascuas su realización. Porque cuando yo hablo de un propósito, no estoy hablando desde la lógica de la cabeza, sino desde aquella del corazón.
Don Juan le decía al ignorante Carlitos, en Las Enseñanzas de Don Juan: “Y hay una pregunta que un guerrero tiene que hacerse, obligatoriamente: ¿Tiene corazón este camino? Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Sin embargo, un camino sin corazón nunca es agradable. En cambio, un camino con corazón resulta sencillo: a un guerrero no le cuesta tomarle gusto; el viaje se hace gozoso; mientras un hombre lo sigue, es uno con él”.
No me cabe duda de que el mundo se divide en dos: aquellos que viven movidos por un propósito del corazón y aquellos que solo sobreviven, que se sienten muertos en vida. Los primeros se entregan, sirven y aman. Los segundos son víctimas o victimarios de una cadena alimenticia movida por el miedo.
¿Quieren conocer a una persona resiliente? ¿Quieren encontrar a alguien que se crece frente a las circunstancias, y que es capaz de renacer de las cenizas? Hay un solo elemento que comparten las personas grandes —y no estoy hablando de los capos de nuestras novelas, ni de los políticos narcisistas de turno— y no es la inteligencia, ni la fuerza, ni ningún rasgo específico: es un propósito ardiente clavado en el corazón.
Sir Ken Robinson habla del elemento, como aquella rara combinación de los talentos íntimos, la pasión y la actitud justa que acompaña a las finalidades profundas. Y creo que vale la pena que revisemos cada uno de estos tres elementos, porque si no se conjugan, todo este discurso se quedará en las nubes, y con rapidez volveremos frustrados al gremio de los resignados.
La base de nuestra finalidad son nuestros talentos íntimos. Y hay tantos como personas. Si tan solo fuéramos lo suficientemente creativos y osados para ver, para descubrir, para no darnos por sentados. Si nos atreviéramos a la diferencia y no a la semejanza, si no estuviéramos todo el tiempo tratando de encajar, encontraríamos capacidades no imaginadas pero íntimas.
Pero el talento natural no basta. Tengo un amigo que tiene el talento de Jimmy Hendrix, pero tiene la honestidad de aceptar que no lo acompaña su misma pasión por la guitarra. Y es que para rendirse a un propósito, para llegar a la maestría, se necesita pasión. A Keith Richards lo hicieron miles y miles de horas de juego. Y esa disciplina no la da la seriedad, sino la pasión. La brocha de Picasso está llena de amor, de fuego, de obsesión.
Pero los talentos y la pasión necesitan de la actitud justa para florecer. Y una finalidad en la vida, ya implica una actitud: no vivimos para preservarnos sino para florecer; no vivimos para recibir sino para entregarnos; no vivimos para el éxito sino para la realización; no decidimos qué —eso lo decide la vida, el alma, el corazón— sino cómo; no importa cuánto cueste sino cuánto sentido tiene; no importa cuánto nos aporte en un futuro, sino cada segundo de deleite presente; y sobre todo, reconocemos que no hay ley más alta que el amor.
¿Pero, por qué entonces, es que hay una cantidad tan trágica de personas sin propósito?
Creo que, en primer lugar, somos ciegos ante nuestros talentos. Nuestras familias, instituciones educativas y la sociedad en general, nos enceguecen e insensibilizan frente a ellos. Basta ver los mandatos familiares, los currículos y sistemas de evaluación escolares y universitarios, las ridículas y mentirosas pruebas de inteligencia, para entender que no estamos enfocados en encontrar lo que nos hace únicos, sino en parecernos y compararnos.
La pasión amorosa es reemplazada por el miedo, la avidez de reconocimiento y la idolatría del dios dinero. Alan Watts decía: “si dices que ganar dinero es lo más importante, pasarás tu vida desperdiciando completamente tu tiempo, ya que estarás haciendo cosas que no te gusta hacer, para poder seguir viviendo, es decir, para seguir haciendo cosas que no te gusta hacer, lo cual es estúpido”.
Videos
De Alan Watts:
– ¿Qué harías si el dinero no importara?
– El trabajo como juego.
– Sigue tu corazón.
Conferencia
De Sir Ken Robinson:
– Las Escuelas matan la creatividad.
– A iniciar la revolución del aprendizaje.
– Cambiando paradigmas.
Web
Página de Sir Ken Robinson.
Artículo
Las 7 mentiras de la escuela tradicional de Sir Ken Robinson.
Foto: iStock.