Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Los fracasos reiterados de predicción y la carencia de un marco conceptual sólido sobre el estado de la economía han generado confusión. A pesar de que las proyecciones oficiales y de los organismos internacionales se ajustan a diario a la baja, proclaman que la economía se encuentra en franca recuperación. Al principio del año, el Gobierno y el FMI anticiparon que la economía crecería 3 %, luego la bajaron a 2,7 % y en los ocho meses del año se advierte que no llegará a 2,5%.
El estado más dramático es el del empleo. En el último año la ocupación se redujo en 150.000 personas (-0,7 %) y otras 400.000 dejaron de buscar trabajo y salieron de la fuerza laboral. La economía perdió 550.000 empleos. El país está pagando los costos de cuatro años de estancamiento. La evolución dentro del marco de una fuerza de trabajo altamente productiva y una política macroeconómica de expansión de la producción de menos de 2 % hizo aguas. Por simple aritmética, estamos ante una economía que destruye empleos a un ritmo de 3 % anual.
La explicación se ha dado en esta columna en forma reiterada. Por factores de diversa naturaleza, el país ha venido operando con un marco de crecimiento del producto nacional por encima del gasto. En términos concretos, se configura un clásico exceso de ahorro que deprime la economía e impide la entrada de liquidez al sistema. La baja de la tasa de interés de referencia y la ampliación del déficit financiado con recursos de emisión se tornan inefectivos para impulsar la actividad productiva.
No obstante que esta situación es característica de las grandes recesiones de la humanidad, los economistas neoliberales y los libros de texto consideran que el exceso de ahorro es una ficción que se corrige sola. La mejor prueba de su presencia son las tasas de interés cero que rigen el mundo desde hace más de diez años. Lo cierto es que el exceso de ahorro se mantiene e inválida muchos de los postulados clásicos de análisis macroeconómico.
Si bien la productividad del trabajo es el indicador más sólido de la economía, no es cierto que determine el crecimiento del producto nacional. Por el contrario, en condiciones de desempleo la producción determina la productividad y el empleo. Así, la caída del crecimiento de 3 % determinó una pérdida del empleo del mismo orden.
A lo anterior se agrega un marco externo altamente dependiente de la minería y deficitaria, y ahora agravado por la caída de los precios del petróleo. El andamiaje se sostiene con una política fiscal contractiva que frena las importaciones y reduce el déficit en cuenta corriente. El déficit fiscal se financia con títulos de ahorro y se mantiene por debajo del déficit en cuenta corriente.
El balance es insatisfactorio. Al cabo de cuatro años de gestión gubernamental, se encuentra una organización económica de exceso de ahorro, aumento del producto nacional per cápita por debajo de la productividad del trabajo y déficit estructural de la balanza de pagos. El crecimiento evoluciona a la mitad de su potencial, el empleo se desploma, la participación del trabajo en el producto disminuye y las diferencias de ingresos se amplían.
Lamentablemente, los bancos centrales no tienen la flexibilidad para apartarse de las cartillas dictadas por los organismos internacionales y las firmas calificadoras de riesgo. Ni siquiera los errores sistemáticos de proyección, que movilizan a los seres irracionales, los llevan a cambiar las prácticas. La alternativa la he presentado en varias ocasiones. Quiérase o no, se plantea la coordinación entre la política monetaria y fiscal para reducir el exceso de ahorro y propiciar un crecimiento del ingreso nacional per cápita igual a la productividad del trabajo, a tiempo de una abierta estrategia de regulación cambiaría y comercial y de protección industrial.