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EL FIN DEL REFERENDO REELECCIOnista motiva muchas reflexiones. La primera: ¿cuál es el verdadero ¿Álvaro Uribe?
El demócrata pulcro que sostuvo que el Estado de opinión debía someterse al Estado de derecho, o el que un día antes impulsaba una iniciativa que amenazaba la democracia, tramitada con la más flagrante violación de la ley, como lo denunció medio país y lo confirmó la Corte Constitucional.
La segunda: ¿el fallo de la Corte terminó salvando al Presidente de una eventual derrota en las urnas? ¿Qué pasó con el Estado de opinión, con las veleidosas mayorías que invocaban su derecho a reelegir al Presidente? Porque nadie declaró sofocada la voluntad popular ni invocó los derechos de las mayorías a decidir. No era posible hacerlo porque las mayorías a favor de la reelección se desvanecieron. En febrero ya había más colombianos en contra que a favor del referendo, y el número de encuestados que respondía estar dispuesto a votarlo no alcanzaba para aprobar la iniciativa.
Tercera: ¿el referendo fue el mayor error político de Álvaro Uribe? Pudo serlo, por dos razones: primera, porque ahora la historia no se limitará a señalarlo como el presidente más popular, sino que registrará que salió del poder en contra de su voluntad, atajado por la Corte, y según las encuestas, con las mayorías en contra de su permanencia. Segunda, porque el referendo no logró el objetivo de garantizar la continuidad del uribismo en el poder, pues impidió diseñar una fórmula de unión. Hoy la competencia es más reñida para los uribistas que cuando empezó el proceso de referendo: no sólo ningún uribista pudo zafarse realmente del lote de precandidatos, sino que Sergio Fajardo logró consolidarse como uno de los punteros. Y peor, hoy el uribismo está más dividido, porque si Noemí Sanín gana la consulta conservadora, dos de las tres facciones uribistas (Santos, Noemí, Vargas Lleras) se habrán distanciado del Presidente a causa del referendo.
Cuarta: ante la evidencia de que el trámite del referendo pareció seguir un manual de cómo hacer las cosas para asegurar un fracaso estrepitoso, es inevitable dudar, como vengo haciendo desde el principio, si Uribe realmente creía viable la tercera reelección o si el referendo era un placebo para conservar el poder omnímodo hasta el final, con el fin de decidir la sucesión y asegurar unas mayorías parlamentarias que le permitieran seguir mandando después de entregar el poder. Pero ese objetivo puede fracasar tan rotundamente como el referendo, si como es previsible, Germán Vargas Lleras sube rápidamente en las encuestas en los próximos días, desafiando el control de Uribe sobre su coalición.
Henry Kissinger sostiene que “el deber de un estadista es hacer un puente entre su visión y la experiencia de su nación. Si su visión se adelanta demasiado a la experiencia de su nación, perderá su mandato. Pero si se queda muy cerca de lo convencional, perderá el control sobre los eventos”. Pretendiendo imponer una experiencia ajena a la tradición democrática colombiana, Álvaro Uribe perdió la extensión de su mandato. Y por dedicar sus últimos años de gobierno a impulsar el proyecto de reelección, perdió el control sobre los eventos. Hoy no controla el futuro político de Colombia.