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EL AUTISMO FUE IDENTIFICADO POR vez primera en 1943, en una desconocida publicación médica. Desde esa fecha, se ha convertido en una enfermedad aterradoramente común, con informes recientes de los Centros de Control de Enfermedades de EE.UU. apuntando a que desórdenes relacionados con el autismo afligen a casi 1% de los niños.
A lo largo de décadas recientes, todo parece indicar que también han proliferado otros desórdenes del desarrollo, junto a ciertos cánceres entre niños y adultos. ¿Por qué? Nadie lo sabe con certeza. Y pese a su costo financiero y humano, se da por sentado que no se hablará mucho al respecto en la cumbre de la Casa Blanca sobre cuidado de salud.
Sin embargo, constituyen una enorme carga para la salud nacional de EE.UU., y las sospechas van en aumento en cuanto a que el culpable pudiera estar en sustancias químicas en el ambiente. Un artículo en el próximo número de una revista médica, Current Opinion on Pediatrics, lo explica.
El artículo cita “estudios de importancia histórica, prueba del concepto o principio, que vinculan específicamente el autismo con exposiciones ambientales experimentadas prenatalmente”. Agrega que “las probabilidades son altas” de que muchos químicos “tengan potencial de causar lesiones al cerebro en desarrollo y de producir desórdenes en términos del desarrollo neurológico”.
El autor no es un loco que come granola, sino el Dr. Philip J. Landrigan, catedrático de pediatría de la Facultad de Medicina Monte Sinaí, en Nueva York, quien preside el departamento de medicina preventiva de la misma facultad. Si bien su artículo está repleto de lenguaje cautelar, Landrigan me dijo que cada vez siente mayor confianza en que el autismo y otros males son, en parte, el resultado del impacto de químicos en el ambiente sobre el cerebro mientras está en etapas formativas.
“El meollo es el desarrollo cerebral”, dijo. “Si los bebés son expuestos en la matriz o poco después del nacimiento a sustancias químicas que interfieran con el desarrollo del cerebro, las consecuencias duran toda la vida”.
Una de las incertidumbres radica en saber hasta qué grado los aumentos reportados en el autismo reflejan meramente un diagnóstico más común de lo que anteriormente pudiera haber sido clasificado como retraso mental. Hay componentes genéticos en el autismo (los gemelos idénticos tienen mayores probabilidades de compartir el autismo que los gemelos fraternos), pero la genética explica sólo cerca de una cuarta parte de los casos de autismo, aproximadamente.
Las sospechas que se centran en las toxinas surgen parcialmente debido a que algunos estudios han encontrado que porciones inmoderadamente grandes de niños desarrollan autismo después de haber sido expuestos a medicamentos como la talidomida (sedante), misoprostol (medicina para combatir la úlcera) y ácido valproico (anticonvulsivo). De los niños nacidos de mujeres que tomaron ácido valproico en las primeras etapas del embarazo, 11% eran autistas. En cada caso, los fetos al parecer son más vulnerables a estos fármacos en el primer trimestre del embarazo, a veces sólo unas cuantas semanas después de la concepción.
Así que a medida que intentamos mejorar nuestro cuidado de salud, también sería prudente reducir los riesgos a partir de químicos que nos rodean. Un estudio publicado este año en Environmental Health Perspectives dio una indicación de los riesgos. Un grupo de investigadores midió los niveles de químicos sospechosos conocidos como phtalatos en la orina de mujeres encinta. Entre las mujeres con mayores niveles de ciertos phtalatos (aquellos hallados comúnmente en fragancias, champús, cosméticos y barnices de uñas), sus años infantiles más tarde tenían mayores probabilidades de mostrar conducta errática. Con franqueza, para los periodistas es difícil escribir sobre estos temas. La evidencia es técnica, fragmentaria y contradictoria, amén de que está el peligro de volver los riesgos un mero sensacionalismo. La publicidad acerca de los temores de que las vacunas causen autismo —teoría que ya fue desacreditada— quizá tuvo la catastrófica consecuencia de reducir las tasas de vacunación en Estados Unidos.
Por otra parte, en el caso de los grandes peligros de salud en tiempos modernos —mercurio, plomo, tabaco, asbesto—, los periodistas reaccionaron muy lentamente al soplo. En cuanto a salud pública, quienes integramos la prensa hemos sido perros falderos con mayor frecuencia que perros de vigilancia.
En una época en que muchos estadounidenses siguen usando contenedores plásticos para meter la comida al microondas, en formas que hacen palidecer a toxicólogos, necesitamos acelerar la investigación, normatividad y la protección al consumidor.
“Hay enfermedades que están aumentando en la población para las cuales no tenemos causa conocida”, notó Alan M. Goldberg, catedrático de toxicología en la Facultad Bloomberg de Salud Pública en la Universidad Johns Hopkins. “El cáncer de mama, el de próstata y el autismo son tres ejemplos. El potencial es que estas enfermedades estén en aumento debido a sustancias químicas en el ambiente”.
El principio precautorio sugiere que deberíamos mostrarnos cuidadosos con productos de uso personal como las fragancias, a menos que vengan con la indicación de exenta o libre de phtalatos. De manera similar, sería prudente —particularmente en el caso de niños y mujeres embarazadas— evitar la mayoría de los plásticos que tengan marcas en el fondo con los números 3, 6 y 7, ya que son los que se asocian con toxinas potencialmente nocivas.
* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer.