Jugar con las blancas

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Desde que el expresidente Uribe anunció su retiro del Congreso, el país respira un ambiente cargado de incertidumbre. Lo que flota en el aire y se advierte en el horizonte es desasosiego, polarización, perplejidad. Mucha gente opina sobre la renuncia —y ahora sobre la no renuncia— pero nadie señala rumbos, ni muestra salidas, ni toma iniciativas. Como en el ajedrez, nadie juega con las blancas. Alguien me decía que no se ejercen liderazgos, porque no hay líderes.

Ni la prensa, ni los nuevos funcionarios, ni los partidos que respaldan al nuevo gobierno hablan de sus programas, ni de la necesidad de consensos políticos, ni de los altibajos del proceso de paz. Es dramático: por una parte, nos estamos acostumbrando a las masacres y, por otra, los protagonistas principales de los medios de comunicación se volvieron un señor Monsalve, un señor Hasche, una señora Niño, todos sub júdice y todos vinculados a una lóbrega historia judicial que no contribuye a la salud colectiva.

Semejante situación hace muy difícil acuerdo alguno sobre las reformas que el país necesita. En cambio, trae de regreso unas viejas lógicas de racionalización, superadas en el mundo más civilizado, que son lógicas binarias: bueno vs. malo, amigo vs. enemigo, blanco vs. negro. Un país plural no puede percibirse a sí mismo a través de esa forma reduccionista, porque termina reduciendo también la eficacia de sus instituciones.

Parecería que estamos viviendo en una sociedad errática donde todos privilegian un interés personal o de grupo sobre el de la comunidad. En esa especie de anarquía social la institucionalidad apenas funciona. El resultado es una ecuación entre indolencia dirigente e indiferencia ciudadana. Las élites piensan a cortísimo plazo y la abulia de la gente, en ausencia de línea política, crea una especie de territorios vacíos. Eso es ausencia de futuro.

El país está ad portas de la posesión de su nuevo jefe de Estado, pero ese hecho, que siempre resulta esperanzador, no se nota en el ambiente. Es como si la historia hubiera dejado de ser un río para volverse un estanque. El presidente electo formuló llamados a la unidad entre los colombianos que hicieron pensar a algunos —yo entre ellos— que podría conducir una transición hacia espacios de consenso político, un poco a la manera de Adolfo Suárez en España.

Lo comenté en esta misma columna cuando el propio Duque, en entrevista de prensa, hizo referencia a los Pactos de la Moncloa. Sin embargo, ante su silencio de ahora, se está reeditando un lenguaje de confrontación que revive las posturas maniqueas y no deja formar una opinión apta para lograr que la política gire en torno a la deliberación pública.

Ojalá el silencio del presidente Duque tenga un sentido estratégico y esté pensando en tomar la iniciativa cuando asuma el mando el próximo 7 del mes en curso. Él sabe que un gobierno se debe fundamentalmente a su país, más allá de los partidos que los respaldan. También ha dicho que Uribe y él son dos personas distintas. Por lo tanto, tiene que manejar los hechos y mostrar su iniciativa política. Solo así garantiza a los ciudadanos que su nave no va al garete. Pero hasta ahora el expresidente Uribe es el único colombiano que está jugando con las blancas.          

*Exsenador, profesor universitario.

@inefable1

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