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A comienzos de los noventa, Sonia Sotomayor era una prestigiosa abogada privada, acostumbrada a los lujos de la profesión en Manhattan, cuando representaba casos para empresas europeas del talante de Ferrari y la casa de artículos de lujo Fendi. Muy pocos habrían cambiado esa vida por la de los escritorios de segunda y las oficinas frías de los juzgados públicos, pero Sonia Sotomayor había soñado con eso desde que de niña: con la mirada fija en el televisor seguía las aventuras del abogado Pery Mason, el personaje que hizo historia en la televisión de los años sesenta.
Por eso, cuando en 1992 el presidente George Bush la nominó como jueza de la Corte Federal del Distrito Sur de Nueva York, a su despacho llegaron una lluvia de cartas de amigos de la infancia: “Me acuerdo cuando veíamos clase de escritura en la primaria”, decían sus ex compañeros, “esto era exactamente lo que soñabas”. Casi dos décadas después de su nominación y tras construir una impecable carrera en la Corte Federal de Nueva York y la Cámara Federal de Apelaciones de Segundo Circuito, Sotomayor no debe estar arrepentida de renunciar al lujo y la venia del litigio privado en Manhattan: ayer, su nombre fue nominado por el presidente Barack Obama para reemplazar al saliente juez David Souter en la Corte Suprema de Justicia, y así convertirse en el primer juez hispano en llegar a la más alta Corte de los Estados Unidos.
Su nombramiento no es gratuito. Desde que llegó a la Casa Blanca, Barack Obama ha sabido agradecer a la población hispana el amplio respaldo que recibió durante su carrera a la presidencia. Y por eso, en sus primeros meses de gobierno, ha nombrado a 26 hispanos en su gabinete, un 10% del total de su equipo y un récord comparado con todas las administraciones anteriores. Con la nominación de Sotomayor, el presidente le hace el mayor y más importante guiño al lobby hispano, que llevaba dos décadas esperando la colonización latina de un puesto en la Corte Suprema.
Desde que a comienzos de año se escucharan rumores de una vacante en la alta corte, el nombre de Sotomayor empezó a rondar con fuerza en Washington. Tiene la reputación de un juez de tendencia centrista, implacable con los republicanos y demócratas a la par, incluso durante los gobiernos de quienes la nominaron: George Bush padre y Bill Clinton, quien la propuso como jueza de la Cámara Federal de Apelaciones.
Su historia también ha sido tomada como un retrato ejemplarizante de la lucha hispana en Estados Unidos. Nació en Nueva York en una humilde familia puertorriqueña. Su padre murió cuando era niña y su madre, una enfermera, trabajó en jornadas extendidas para mantenerla a ella y a su hermana, y garantizar así que las niñas Sotomayor tuvieran siempre a la mano las mejores enciclopedias.
Adicta al estudio y rigurosa, “fuerte, tenaz y lista”, como recordara hace unos años José A. Cabranes, su compañero en la Cámara de Apelaciones, Sotomayor tendrá a su cargo decisiones trascendentales como los casos polémicos sobre uniones homosexuales y el derecho al aborto. Según fuentes de la Casa Blanca citadas por la cadena CNN, Obama tendrá la responsabilidad de nombrar otros dos magistrados en lo que queda de su mandato, sumando así tres de los nueve puestos de esta corporación.
Sotomayor deberá ser confirmada en las próximas semanas por un Senado de mayoría demócrata y, como su jefe político, en deuda con los latinos. De salir victoriosa se convertiría, además, en la tercera mujer en la Corte Suprema, institución por la que en 220 años han pasado 110 magistrados: dos negros, dos mujeres y, el resto, hombres blancos.