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La negociación es con los enemigos

El ex presidente y Nobel de Paz surafricano estará mañana en el Club El Nogal, en el Foro de Liderazgo de El Espectador.

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La primera reunión entre Frederik Willem De Klerk y Nelson Mandela se produjo en secreto, en la noche del 13 de diciembre de 1989, dos meses antes de que De Klerk se posesionara como presidente de Suráfrica y cuando Mandela aún cumplía cadena perpetua en Robben Island. En aquel encuentro ambos tuvieron la oportunidad de medir las fuerzas del otro. El ex mandatario recuerda que la primera impresión que recibió de Mandela fue la de “dignidad, cortesía y confianza en sí mismo. También tenía la capacidad de irradiar una inusual calidez y encanto cuando así lo deseaba”. La reunión no concluyó con ningún acuerdo concreto, pero los dos líderes tenían la certeza de que podían iniciar un proceso de negociación.

Durante los años que tomó construir los acuerdos necesarios para realizar el cambio en Suráfrica, ambos vieron los aspectos más tenaces de sus personalidades. En su camino por un nuevo país, De Klerk y Mandela muchas veces tuvieron que vivir en carne propia el adagio de que no se negocia con los amigos, sino con los enemigos.

En su discurso de posesión ante el Parlamento como presidente, el 2 de febrero de 1990, De Klerk anunció que legalizaría varios partidos que el gobierno había definido como organizaciones terroristas. Entre ellos el Congreso Nacional Africano, el partido de Mandela, y el Partido Comunista de Suráfrica. Se produciría también la liberación de los presos políticos encarcelados por actividades no violentas, la suspensión de la pena capital y el levantamiento de varias cláusulas del Estado de Emergencia, promulgado en 1986: “Es la hora de negociar”, concluyó.

Nelson Mandela ha definido a De Klerk como un hombre pragmático. De hecho, el desmantelamiento del apartheid fue algo que De Klerk pensaba debía hacerse gradualmente. “Con el pasar de los años me convencí de que debíamos abandonar nuestros intentos por gobernar a Suráfrica con base en cuestiones raciales”, dice De Klerk, “pero de una manera que no llevara a una catástrofe para nuestro propio pueblo y para todos los pueblos de nuestro país”.

El pueblo al que pertenece F. W. De Klerk es el afrikáner, los descendientes de los colonizadores holandeses. Cuando Suráfrica recibió la autonomía política, los afrikáner fundaron el Partido Nacional, que ganó las elecciones en 1948 bajo la bandera de crear regiones independientes donde habitaran los distintos pueblos de la compleja sociedad surafricana.

Esto era lo que se denominaba el “gran apartheid”, introducido por el primer ministro Hendrik Verwoerd. “Nuestro idealismo se convirtió en ideología”, afirma De Klerk, quien desde las mismas filas del Partido Nacional fue testigo de cómo el apartheid se convirtió en una herramienta que subyugaba y humillaba a la población que no fuera blanca.

Le incomodaban especialmente las cláusulas del “apartheid mezquino”, que imponían una segregación en la vida privada y cotidiana. Aunque desde su posición como ministro en el gabinete de dos mandatarios promovió una legislación que relajara algunas medidas, dentro del partido De Klerk no era visto como un reformista radical. Fue sólo cuando llegó a la presidencia que logró promover los cambios.

Una de las causas de conflicto entre De Klerk y Mandela era que el primero esperaba que en la nueva Constitución Política hubiera representación de los partidos mayoritarios en el ejecutivo y que las decisiones se negociaran entre las distintas fuerzas. Esto era inaceptable para Mandela, quien veía aquella propuesta como una continuación del apartheid por otros medios. Sus discusiones más ásperas, sin embargo, se produjeron en torno a la responsabilidad que se adjudicaban mutuamente por la violencia que consumía a Suráfrica.

Mandela sostenía que las fuerzas del Estado estaban apoyando con dinero y logística al partido Inkatha y De Klerk culpaba a Mandela de no cumplir su promesa de desarmar el ejército privado del Congreso Nacional Africano. Durante la Comisión de Verdad y Reconciliación se reveló que mucha de la violencia fue fomentada por elementos de extrema derecha dentro del estado y fuera de él por desestabilizar las negociaciones.

Cuando recibieron en conjunto el Premio Nobel de Paz, en 1993, su relación se encontraba en uno de sus puntos más bajos. “En la cena previa a la ceremonia el ambiente fue rígido”, afirma De Klerk. “Era irónico que ambos hubiéramos recibido el más alto galardón a la paz y la reconciliación, mientras nuestra relación se caracterizaba por estar tan viciada y llena de sospechas”.

Las primeras elecciones libres en Suráfrica se realizaron en 1994. El presidente del nuevo gobierno de unidad nacional fue Nelson Mandela y durante dos años trabajó junto con De Klerk en el gabinete de gobierno. Esto acentuó las diferencias entre ambos y De Klerk se retiró del gobierno. En 1999 le hizo una visita a Mandela, pocas semanas antes de que éste dejara la presidencia. “La reunión se desarrolló sin el rencor que había caracterizado nuestros encuentros pasados”, recuerda De Klerk. “Me preguntó hasta qué punto las tensiones en nuestra relación se debían a que éramos opositores políticos. Me gusta pensar que en nuestro retiro podemos llegar a trabajar juntos como antiguos jefes de estado para alimentar y proteger la democracia que ayudamos a crear”.

 *Historiador de la Universidad de los Andes.

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