Luna sangre, Marte agua

Arturo Guerrero
26 de julio de 2018 – 09:00 p. m.

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Hay un llamado concertado desde los astros. Un lago de agua líquida en Marte, eclipse total de luna que se tiñe de rojo sangre. Algo hace señas allá arriba, mientras la Tierra retumba de sobresalto en sobresalto. Los ojos de los hombres suben intentando percibir alguna recomendación.

Sería burdo interpretar el ocultamiento y sangrado de la luna como una pista del desasosiego terrestre. Pero no deja de ser inquietante que la liebre con sus dos orejas nítidas brinque y se incinere. Pirueta a la vista de los seres que tuestan a humo lento el planeta a cuyo alrededor orbita.

Asimismo, sería ordinario suponer que Marte ofrece sus fluidos como esperanza de que allá la vida tendrá esperanza. Es cierto que así lo presagiaron tanto Stephen Hawking como otros científicos, que advierten que de seguir como vamos necesitaríamos varios planetas para alojar nuestra rapacidad.

No obstante, a las esferas flotantes no conviene atribuirles designios tan manifiestos. Ellas se remontan sobre las olas del cielo en ciclos fijados desde la primera eternidad. Y encierran adivinanzas que se miden en años luz, es decir en filas de ceros a la derecha de la inteligencia.

En los albores del Siglo de las Luces y de la Revolución Industrial se creyó que la ciencia desenredaría esos acertijos, gracias al poderío de sus cómputos. Más adelante, el materialismo histórico y dialéctico proclamó leyes de hierro, de acuerdo con las cuales no quedarían secretos insuperables para la marcha de la sociedad y de los siglos. 

¡Vanos cacareos del intelecto inflamado! En el siglo XXI hay consenso sobre la relatividad del tiempo, la multiplicidad de la verdad, la complejidad de lo real, los mil fragmentos en que se desarrolla la vida. Todo es causa de todo, son inabarcables los factores que eslabonan los fenómenos, la mente que investiga altera lo investigado. Incertidumbre: esta es el letrero de nuestro conocimiento.

Así las cosas, vaya usted a saber qué quieren hablar la luna desde su manto púrpura de hoy y Marte desde los líquidos bajo su superficie. A lo mejor no ansían hablar sino cantar, bailar.

Eso sí, cada ser humano puede apoderarse de ese canto, de ese lenguaje, de acuerdo con la resonancia que se apodere de su estómago soberano. En realidad, todo en la naturaleza grita. Todo muge, trina, barrita. Incluso las piedras, que no se mueven desde cuando eran los dientes de leche de la Tierra.

Es posible que el elenco de clamores de nuestro globo haya endurecido la escucha de sus habitantes, siempre golosos de novedad. Quizá entonces los astros hayan tomado el relevo. Sea lo que sea, lo decisivo es la capacidad receptora de los mortales. Parar oreja y aguzar el ojo, he aquí el requisito para volver propio el recado de la inmensidad.

Una vez conseguida la atención silenciosa, Marte y la luna de estos días podrían sembrar en el alma individual y colectiva pepitas crudas de pomarrosa, la fruta que no es fruta sino perfume. Así, el mundo mañana amanecería en paz.

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