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La creencia

Juan Carlos Ortiz
14 de febrero de 2010 – 07:07 p. m.

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Alguna vez un cliente me preguntó al finalizar una presentación creativa, sobre cuál de los dos caminos que habíamos presentado debería elegir. Yo le contesté: en el que usted crea.

La convicción es sin duda el motor de lo que hacemos, es el ADN del éxito. No conozco nada ni nadie que sin creer en lo que haga pueda llegar lejos. En mercadeo y publicidad sucede lo mismo con las marcas.

Las más prestigiosas dejan de pensar en simples compradores, que hoy toman una decisión errante por precio y se movilizan hacia la creación de una comunidad de creyentes. Las personas se conectan y confían en estas marcas, en sus valores, en sus propósitos, en su personalidad.

Apple tiene su línea clara de seguidores en el globo. El éxito mayor de su fundador, Steve Jobs, leyenda viviente del mundo del marketing, recién declarado el CEO de la década, radica en la generación de una cultura innovativa alrededor de la marca. Eres o no eres un fan de Apple, pero si lo eres te conviertes en un creyente absoluto con un mínimo de espacio para la competencia.

Y hablando de creencia, andaba hace un tiempo trabajando una campaña para el Medio Oriente con influencia en el Líbano y en Israel. Estando allá, decidí pasar por Jerusalén para revitalizar mis creencias en vivo y en directo con los lugares santos e históricos que ofrece esta ciudad.

Una tarde fui a visitar la gruta donde Jesucristo resucitó. El lugar se encuentra dentro de un templo ortodoxo. Allá llegué muy emocionado, recordando mis clases de religión en el colegio: me encontraba en el sitio de la resurrección. ¡Wow! El santo sepulcro. No lo podía creer.

Había una fila larga, pues al lugar santo, la gruta, sólo se entra persona por persona para sentir la experiencia sagrada de manera íntima. Después de un tiempo llegó mi turno. Entré y una energía maravillosa me invadió.

Ya adentro, se me acercó un señor con una vela. Me indicó que prenderla costaría US$10. Una vela muy cara, pensé, pero quería dejar el recuerdo. La encendí, pagué, me incliné y la puse ahí mientras reflexionaba unos segundos. Al salir me di cuenta de que el saco que llevaba en mis hombros se había caído. Rápidamente regresé en su búsqueda, con la mala fortuna e inesperada sorpresa de encontrarme que el señor del interior recién había apagado mi vela y se la revendía a la persona que me seguía en el turno.

Cada US$10 equivalen a un minuto y medio de vela. Cada vela puede aguantar dos horas aproximadamente. Por vela producen casi US$500 y, además, un golpe espiritual a la creencia, aquella que después de observar lo sucedido salió un poco triste y acongojada.

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