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Qué traba

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NO ME REFIERO A LA DOSIS PERSOnal ni a nada que se le parezca.

Pero lo cierto es que en la política nacional, casi todos los actores han perdido el guión y pocos resisten un examen de coherencia.

Los sectores conservaduristas (que no son necesariamente miembros del Partido Conservador) atacaron a fondo la Constitución de 1991. Les parecía demasiado audaz. Decían que tenía mucho pueblo, muchos derechos, mucha participación, y que era muy larga y mal escrita. Por cierto, eso de atacar las constituciones largas es rezago del pasado. Las constituciones breves y neutras, como las que pedía López Michelsen, sólo son una expresión del statu quo. Una forma de diluir los derechos y dejar en manos de la ley la decisión de asuntos fundamentales.

Pues bien, ahora se observa con asombro que esos mismos sectores son los más empeñados en cabalgar sobre el lomo de la democracia participativa para empujar el referendo reeleccionista. Se despeinan lanzando loas a la soberanía popular. Sí. Son los mismos que en 1991 dijeron que la única democracia era la representativa y que eso de la participación era un peligroso embeleco.

Curioso: esos mismos sectores conservaduristas llevan casi veinte años atacando a la Corte Constitucional porque, dicen, acumula demasiado poder, se ha arrogado la facultad de legislar con sentencias moduladas, incluso han tomado para sí la función constituyente y se corre el peligro de que instaure una especie de tiranía de nueve sabios no elegidos. Pues son ellos también los que piden a gritos una sentencia modulada, que derogue las leyes electorales, dizque para que se respete la sagrada voluntad popular, la misma que les olía maluco hace dos décadas.

Esos sectores conservaduristas se afincaron en el derecho natural, sostuvieron que estaba basado en valores que la divinidad había avalado, por fuera, por encima, o incluso ignorando la ley positiva. Pues bien, esa misma corriente de pensamiento, ahora echa por la borda sus convicciones y se aferra al positivismo rampante. Se hace fuerte en el texto de la Constitución que señala los límites del control constitucional dentro de los exquisitos linderos de los vicios de forma. Y no permiten mirar afuera de la ley, en el mundo de los valores. Es, créase o no, la misma actitud del coronel Hugo Chávez, quien al cerrar el canal por cable de Radio Caracas TV, dijo con desenfado y con sorna en presencia de sus prosélitos amaestrados: “La ley, compadre, la ley”.

Pero por el otro lado tampoco es que haya mucha coherencia. La izquierda, que durante décadas escupió sobre la democracia representativa, ahora exalta sus valores y mira con sospecha la participación ciudadana. Es la misma izquierda materialista, la que ahora sí reconoce que el derecho no es sólo un detritus infecto de los mandamases capitalistas, sino un entramado en el que los valores son pieza fundamental. Y la ciencia jurídica, cuya existencia hasta se negaba con el argumento de que el derecho era apenas una convención ondeante, ahora sí adquiere raíces perdurables.

Qué traba, compañero.

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Qué bueno Molano libre. Para discrepar de él. La libertad de expresión es, precisamente, y sobre todo, para aquellas ideas distintas a las nuestras.

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