Entiendo a Santos; a Mockus, no

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Se comprende fácilmente que un presidente tras ocho años de gobierno (prolongación abusiva, por él mismo negada para el futuro) nos explique su obra, que alguna ha de ser.

Resume al final de su discurso los tres o cuatro puntos de mayor énfasis, el primero de los cuales, por supuesto, es el de la paz que construyó a su manera y que le han celebrado con las propias naciones las extrañas, que bien diría Quevedo. Vanidad de vanidades y todo vanidad, clamaría, por su parte, Crisóstomo, desde un púlpito.

Todos los gobiernos tienen obras que mostrar, no faltaba más, y la propia inercia funcional de un Estado las suministra. Mucho más si el gobernante ha permanecido para ejecutarlas, así como para lucir la preeminencia de las alfombras rojas y las guardias de honor.

Todo el acto fue muy solemne, otra cosa fue como terminó. Elegante Santos, pues no se le niega su pulcritud, los buenos trajes y el corte de cabello, todavía abundante.

De los temas centrales, escuchados con atención y buena definición, destaco el que fue prácticamente ausente de la agenda oratoria: el triste caso de la pérdida de territorio marítimo, a manos del dictador de Nicaragua. “Hicimos lo que pudimos”, fue la liviana forma de referirse el mandatario al enojoso asunto.

Es propio de Santos afrontar en un primer momento y con arrojo lo difícil para luego diluirlo. Ocurrió con el plebiscito, otro excluido discretamente en el discurso. Aún recuerdo el cuerpo del Gobierno, de cara a la pantalla, aquel noviembre del 2012, cuando con aspecto compungido el presidente comunicaba a la Nación la pérdida de 75.000 kilómetros cuadrados de mar territorial.

Imperdonable omisión de un tema que no dejaría a salvo a la Cancillería. Cuánta falta hace Juan Daniel Jaramillo Ortiz, internacionalista, muerto precisamente en La Haya, quien escribió con acierto y no sin crítica sobre la labor de nuestros diplomáticos.

Todo terminó con el discurso del presidente de la corporación, desairado por Santos, quien se ausentó y al que desatendieron los congresistas, en bullicio o dedicados a los celulares. Fue entonces cuando, con rarísima intención de llamar al orden, el congresista Mockus volvió a mostrar sus posaderas, en términos quijotescos. No es fácil entender este gesto, para el dueño de lo suyo educativo, aunque para otros trastornado y vulgar. El profesor enseña demasiado.

***

Gracias, perínclita Piedad Bonnett (y así la llamo sin ironía, como sin ironía llamé benemérito al padre Pachito de Roux, porque lo es). Estamos en polos opuestos. Le cuento que a mis altos años, llegó la fecha de la historia, el momento de la definición entre la democracia, que abrazo, y el autoritarismo comunista (hoy llamado socialismo), que asoma. Y por ello bien puede llamarme recalcitrante.

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