Libertad de culto

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Por: Alberto López de Mesa

El 16 de julio muchos católicos colombianos celebran la fiesta de la Virgen del Carmen, especialmente los choferes de camiones, buses y taxis quienes veneran a esta Virgen como la santa patrona de su oficio y en esta fecha se manifiestan desfilando en sus vehículos por las calles de sus respectivos pueblos hasta que llegan al altar o al pedestal de la patrona, donde un cura oficia una misa y los devotos dejan sus ofrendas a los píes de la imagen.

Este año, en esa fecha, en una plaza pública de Mompox un pastor evangélico, cumpliendo el culto para su feligresía, destruyó a martillazos una imagen en yeso, como de un metro de altura, de la Virgen del Carmen. Los videos que registraron el hecho muestran a los feligreses evangélicos celebrando en catarsis la destrucción de la estatua y también a transeúntes y vecinos ofendidos por el atentado alevoso contra el ícono de su devoción. En realidad el hecho, aunque agresivo y retante, no tipifica un delito, porque el pastor es el dueño de la imagen que destruye y porque no está obligando a los contrarios de esta fe a que presencien su liturgia.

La destrucción violenta de ídolos se practica desde los remotos orígenes del monoteísmo. También son públicas las posturas iconoclastas de cristianos ortodoxos, adventistas, evangélicos y otras comunidades nacidas del protestantismo luterano, para quienes María, la madre de Jesucristo, no debe ser venerada como una deidad y además deploran de la iconografía católica, no admiten ninguna imagen de Dios, de Jesús, menos de los santos, todo lo cual lo consideran pagano.

La población colombiana ha sido sometida al catolicismo desde que lo trajeron los conquistadores españoles en el siglo XVI, de hecho es la religión mayoritaria en el país, por inercia integrada a la cultura y durante mucho tiempo con hegemonía plena e incidencia en la política y en los gobiernos. De la otra parte, las comunidades protestantes, los gnósticos, los budistas, los crísnas, etc. que oficiaban su fe como sectas minoritarias, marginales y en algunos casos furtivas, desde 1991 con el artículo 19 de la nueva constitución, tienen garantías para constituirse formalmente, implementar sus templos y divulgar su fe. Así han prosperado cantidades de nuevas iglesias en todo el país. Fundamentalmente cristianos, adventistas y evangélicos a diario montan un nuevo templo en cualquier baldío y, la verdad, están cundidas las ciudades, en cada barrio ya hay tantos templos como panaderías.

La libertad de culto que permitió y propició la Constitución del 91, es, sin duda, un gran paso en las libertades democráticas. Pero cuando la educación general es pobre, la ignorancia que no discierne, que traga entero supersticiones es presa fácil y predilecta para los fanatismos religiosos, para los fundamentalistas.

Hoy en día, es tal el auge y el poder de las sectas religiosas que ya participan en la vida nacional como partidos políticos propiamente dichos, por supuesto, los púlpitos están siendo usados como tribunas proselitistas, ya no se distingue fácilmente la diferencia entre un pastor de corbata y un político, entre una iglesia y una sede de partido, entre los dogmas de la fe y las consignas politiqueras. Tienen varias curules en el congreso y son movimientos a tener en cuenta en las alianzas y coaliciones electorales como se vio en el plebiscito por los acuerdos de la Habana y en la reciente elección presidencial.

Todo esto en el legítimo derecho que da la participación democrática. Lo triste es, como lo advirtió Carlos Marx en su momento, que se porten como el “opio del pueblo”, que se aprovechen del analfabetismo y de la ignorancia generalizada para construir fanatismos ciegos.

Cuando la conciencia colectiva es mesiánica y apocalíptica, resulta fácil inculcar temores que manipulen la fe a favor de intereses. Como cuando se dice que los tratados de paz son satánicos, que el izquierdismo es ateo y del diablo.

Bienvenida la libertad de culto, siempre el respeto a la diversidad es más saludable, pero debe reglamentarse el modo de las prácticas religiosas, igual que se regula la publicidad engañosa, la manipulación política y el juego sucio en la libre competencia.La ley debe blindar al país contra los fundamentalismos religiosos.

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