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Pocas cosas desalientan más al ciudadano que la injusticia tributaria.
Cuando la contribución al bienestar colectivo es desigual y la exigencia a cada quién es desproporcionada a sus condiciones, se fortalece la evasión y se contamina el ambiente social. Los gobiernos que se dedican a favorecer con alivios a los poderosos y exigir cargas desmedidas a los ya débiles, pierden autoridad ante los unos y los otros. Y si la corrupción campea, es culpa de todos.
Luego de pasar por el largo túnel de un proceso típicamente tercermundista, aunque con monarquía europea a bordo, Grecia logró hace tres décadas consolidar un sistema democrático y entrar a la Unión Europea. Remolcada por el tren de Europa, es decir gracias a los esfuerzos de la Unión por compensar con fondos las deficiencias de la economía helénica, ha logrado sin duda progresos que jamás habría soñado si hubiese sido condenada a permanecer fuera de ese club de emprendedores y privilegiados.
Como suele suceder en esos casos, el efecto de la integración al aparato de la vida comunitaria trajo beneficios en el refinamiento de los procesos de manejo político y económico del país. Sentados a la misma mesa con ministros y agentes económicos de naciones de notable desarrollo, los griegos tuvieron que apelar a sus mejores recursos humanos para cumplir con mandatos y compromisos de un nivel al que no estaban acostumbrados. Pero si bien los funcionarios llegaron pronto a los niveles deseables, el país no.
Por debajo de la marcha triunfal del país en el contexto europeo, muchas cosas siguieron andando al ritmo de siempre. La Grecia aldeana, por ejemplo, se encontró de pronto retrasada frente al nuevo ritmo. Lo mismo sucedió con amplios sectores urbanos, condenados a vivir en una pobreza que llevan con dignidad admirable pero que no les depara el nivel de vida cotidiana que se merecen. En fin, millones de personas que resultaron integradas a la vida y a la dinámica de la economía europeas, sin tener todavía la trayectoria de sociedades que al final del Siglo XX ya habían hecho todo el curso para habitar confortablemente en el seno de la Unión.
Al terminar la primera década del nuevo siglo, el déficit presupuestal ha llegado a niveles que ponen al país al borde del colapso. Al mismo tiempo, la evasión de impuestos llega al treinta por ciento, y la injusticia tributaria se ubica dentro de las principales causas de inconformidad de la sociedad. Unos cuantos afortunados tienen el privilegio, o encuentran la manera, de pagar impuestos moderados frente a su capacidad. Al tiempo que muchos viven apenas con la opción de cubrir sus obligaciones, con lo cual ayudan a soportar al país en proporciones mayores que los primeros.
La corrupción se ha convertido para muchos en una forma de vivir. Los demás miran el espectáculo con la molestia que el fenómeno produce. Como suele suceder, la lucha contra el fenómeno no va mucho más allá de los anuncios. Y lo que conviene sea tal vez ir muy hondo, hasta encontrar las raíces profundas de un fenómeno que, en el caso griego puede llegar hasta la experiencia de tantos siglos de ocupaciones extranjeras que suscitaron una cultura subversiva reflejada en la tendencia a los negocios por debajo de la mesa. Lo mismo que en la evasión de impuestos, que en la era colonial no significaban otra cosa que el soporte a los intereses del ocupante.
El desprestigio de los gobiernos que no han podido manejar la situación es indiscutible. Como serán impopulares las medidas que tome Georges Papandreou, el nuevo Primer Ministro socialista, para tratar de corregir el rumbo. Mientras le pasa el período de gracia podrá acusar a su antecesor del fracaso y de las condiciones en las que recibió el país. Pero, en la medida que los males son tan grandes, pronto tendrá que soportar las legendarias protestas ciudadanas, que no se detendrán fácilmente en consideraciones sofisticadas, porque cada uno reclama por lo que le afecta y es muy difícil pedirle que se apriete todavía más el cinturón, cuando no se le puede adjudicar responsabilidad directa por una situación que fue creciendo a punta de errores de muchos y de mucho tiempo.
La tarea que todos los griegos tienen por delante es demasiado compleja. No se trata simplemente de tomar medidas de gobierno, sino de generar un empeño nacional. Tal vez todos tengan que entender que es mejor tributar, para lo cual alguien tiene que garantizar que los recaudos no irán a dar a los bolsillos de los corruptos. Y por lo tanto el esfuerzo contra la cultura de la corrupción debe pasar por un buen ejemplo que sólo puede ahora ser precedido de una confianza difícil de conseguir. En un país en el que los rastros de la sabiduría popular van hasta épocas muy antiguas, ésta recomienda por el momento algo en lo que todos deberían, por estricto sentido de justicia, estar de acuerdo: el arreglo del problema se comenzará a perfilar cuando sea posible exprimir, de verdad, a los gatos gordos.